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La huella viva del Creador

    Por María Elena Serini

    Cuando nos alejamos de la gran ciudad, podemos disfrutar de la tranquilidad y el silencio.
    Allí se escucha el canto de las aves y el agua cristalina que se desliza entre las rocas, como una música suave que cae en cascada. Las montañas se elevan con sus picos nevados, y sus laderas con paletas de colores que cambian según el reflejo de la luz del sol.
    Mientras subo por el camino de la montaña, me detengo en la altura para contemplar la inmensidad del paisaje: árboles antiguos de distintos tamaños, con hojas de distintas tonalidades y tamaños, y flores que embellecen el entorno. En ese instante siento que el tiempo se detiene. La naturaleza revela una belleza que conmueve el alma.
    Al caer la noche, el cielo se abre como un lienzo oscuro adornado con infinidades de estrellas. Desde allí, el universo nos recuerda lo pequeño que somos frente a la grandeza de la creación.
    Ante este paisaje perfecto, me resulta inevitable pensar que hay un solo autor de esta obra: Dios. 
     
    Toda esta naturaleza maravillosa me lleva al Salmo 8:
    “…Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que Tú formaste, digo ¿qué es el hombre, para que tengas de Él memoria, y el Hijo del Hombre, para que lo visites?”.
    Es un poema breve, pero profundo. Habla de la creación, de la grandeza de Dios y del lugar del ser humano en el universo.
    Eso nos deja una pregunta: ¿Cómo puede ser que Dios se interese por nosotros?
    La respuesta no es que el ser humano no valga nada. Al contrario: el universo es inmenso y nosotros somos pequeños, y aun así tenemos dignidad y valor ante Él.
    El cuidado de la creación está conectado con el amor al prójimo. ¿Por qué?
    La contaminación afecta especialmente a los más pobres, que son quienes menos recursos tienen para protegerse.
    El abuso de los recursos naturales genera injusticias, porque unos consumen en exceso mientras que otros carecen de lo básico.
    Destruir el ambiente perjudica a las futuras generaciones, que recibirán un mundo más pobre y deteriorado.
    El ser humano tiene dignidad, pero no es Dios. Por eso estamos llamados a evitar la soberbia y reconocer nuestros límites. Se trata de usar la tecnología y el poder con sabiduría, sin creernos dueños de todo.
    Podemos entender esta responsabilidad en acciones simples y cotidianas:
    – Evitar el desperdicio.
    – Cuidar los espacios públicos.
    – Tratar bien a los animales y a las personas.
    – Valorar la vida.
    – Agradecer por lo que recibimos.
    No se trata solo de ecología. Es también una actitud espiritual: administrar bien lo que nos fue confiado.
    El libro del Génesis relata cómo Dios dio origen a la creación del mundo. Al finalizar, el mismo Creador declara: “Y vio Dios que todo lo que había hecho era bueno”.
    La idea más común es que Dios creó primero todo lo necesario para la vida —la luz, el agua, la tierra, las plantas, los animales y los astros— y luego puso al ser humano en un mundo preparado para habitar, cuidar y disfrutar. Pero también le dio la tarea de proteger y administrar lo creado por ser una parte consciente y relacional de la creación. Refleja algo de Dios porque fue hecho “a imagen y semejanza”. Además, tiene la capacidad de amar, razonar, elegir con libertad y estar en comunión con Él.
    Sin embargo, al contemplar el estado del mundo surge una reflexión profunda: mientras la creación sigue mostrando su esplendor, el hombre muchas veces se ha convertido en destructor de la obra que debía proteger y administrar.
    Bosques arrasados, ríos contaminados y aires irrespirables son señales de una humanidad que se alejó de su responsabilidad con la tierra.
    Por eso, ¿qué hemos hecho con la obra perfecta que recibimos?
    El problema aparece cuando se rompe la tarea de cuidado. El mal uso de la libertad, la ambición desmedida, el consumo sin límites y la indiferencia transforman al ser humano de protector en explotador.
    Podemos elegir entre actuar con amor y justicia, o dejarnos llevar por el egoísmo, la ambición y la violencia.
    La codicia y el poder económico hacen que algunas personas prioricen las ganancias por encima de la naturaleza y de los demás seres humanos. En esas decisiones participan empresas, gobiernos y consumidores, afectando bosques, ríos y ecosistemas enteros.
    Pero no todo es destrucción. También existen comunidades que dedican su vida a proteger y cuidar la naturaleza. Cuando el ser humano vive en equilibrio con ella, consigo mismo, con los demás y con Dios, el mundo se convierte en un espacio de plenitud.
    Somos parte de una obra llena de belleza, pensada con amor y sostenida por manos eternas. Contemplar el universo no solo despierta asombro, también gratitud. Entre las estrellas, los mares y las montañas, el hombre descubre que no está solo: está rodeado por la huella viva del Creador.
    Hay una frase que dice: “La tierra no la heredamos de nuestros padres, la tomamos prestada de nuestros hijos”. Por eso quiero compartirles un fragmento de la canción “Padre”, del cantautor Joan Manuel Serrat. Es un lamento temprano y una advertencia sobre la degradación ambiental y la destrucción de la naturaleza.
     
    “…Padre, decidme que le han hecho al río que ya no canta 
    Resbala como un barbo muerto bajo un palmo de espuma blanca 
    Padre, que el río ya no es río… 
    Padre, decidme que le han hecho al bosque que no hay árboles…”.

    Somos guardianes temporales de la tierra, tenemos la obligación moral de dejar un mundo habitable y sano.