Por Jimena González
Muchos sentimos esa necesidad de Dios. Quizás sentir esa vulnerabilidad que nos habita y nos atraviesa por momentos y en determinadas circunstancias de la vida nos posiciona en un lugar único y de verdadero encuentro: el de la humildad. Partiendo de ahí, buscamos más de Dios. Y en ese buscar hacemos cosas.
Hay una hermosa canción inspirada en el Evangelio de San Juan que dice:
“Yo soy la Luz del Mundo,
no hay tinieblas junto a Mí.
Tendrán la luz de la vida
por la palabra que les di.
Yo soy el Camino firme,
yo soy la Vida y la Verdad.
Por mí llegarán al Padre
y el Santo Espíritu tendrán.
(…)”
Antes de leer la Biblia me acuerdo de esta canción y comienzo a cantarla; otras veces simplemente la escucho. Leer la Biblia, en esta etapa de mi vida, me ha regalado varias cosas. La primera de todas fue la paz, algo que, para quien la había extraviado, cuando regresa se siente como alivio en el cuerpo y se vuelve un bien muy valioso.
Pero no solo eso me ha traído. Mi familiarización y afinidad con los Evangelios de nuestro Señor Jesús y con el Nuevo Testamento me dejan más interpelada cuando me encuentro con el Antiguo Testamento. Las ganas de esa “Luz del mundo (…) por la palabra que les di” no se detienen ante el miedo, ni ante el desagrado o la incomprensión que pueden surgir al leer la Palabra de Dios en sus primeros libros. Siento que me faltan recursos. El lugar de la mujer en la historia es todo un tema que me interpela en mi humanidad de mujer, cristiana y feminista. Pero, aunque uno no entienda y experimente contradicciones, no hay que detenerse allí. Con Dios se puede hablar, contar, preguntar y encontrar, en el vivir con Él y con el prójimo, las respuestas que se anhelan.
Dios Padre no es un Dios que obtura, que nos deja con el nudo en la garganta. Lo sabemos por su Hijo Jesús, por sus diálogos de oración y por sus preguntas al Padre. La obediencia no existe sin discernimiento; basta mirar la vida de Jesús. Ya nos advierten las Escrituras sobre los falsos profetas, y actualmente estamos rodeados, dentro y fuera de nuestra fe, de perversos maestros que tanto sufrimiento traen en el nombre —en vano— de Dios.
También, en ese buscarlo y hacer cosas, me puse a escuchar una canción en clave cristiana que para mí es una belleza. Me imaginé que Dios me la cantaba, del mismo modo en que yo se la he cantado a mis hijos en alguna escena parecida. La canción es de Marta Gómez y dice así:
“A, B, C,
quiero verte crecer,
transformarte en lo que quieras ser.
Un, dos, tres,
lo que te duele me duele también.
Mientras vivas no estás sola,
yo te presto plasticola.
Do, re, mi,
no se trata solo de ser feliz.
En la tristeza hay aprendizaje.
Sale el sol
para vos.
Habrá que dudar
para reafirmar
cuál es tu lugar,
dónde querés estar.
A veces solo hay que continuar
y confiar.”
Cuando dice “A, B, C”, me imagino que Dios nos dice: “Aquí tienes el lenguaje, aquí tienes mi Palabra. Quiero verte crecer, transformarte en esa libertad que te he regalado y con discernir aquello que quieres ser”.
“Un, dos, tres”. Mi matemática es más simple: “Lo que te duele me duele también. Mientras vivas no estás sola. Yo te presto eso necesario para sanar, para unir aquello que se ha roto y lastimado. Yo te doy el perdón”.
“Do, re, mi”. La melodía no es solo alegre, porque en la tristeza también hay aprendizaje y belleza. Sale el sol, y va a salir el sol para vos.
La última parte me conmueve. Cuando uno se convierte en extranjero, “¿cuál es mi lugar?” es una pregunta que insiste y se repite. Dónde queremos estar afectivamente tampoco resulta tan claro. La duda se vuelve una gran protagonista. Entonces, la Palabra y la oración pasan a ser un ancla para la paz.
Una hermana de la iglesia dijo el otro día algo hermoso: “Transformemos nuestras dudas en servicio”. Y me dejó pensando. Porque, aunque no sepamos por dónde, sí sabemos qué es lo que tenemos que hacer, aquello que Jesús nos enseñó.
A veces solo hay que continuar y confiar. No sé cómo poner en palabras esta parte, pero quien ha vivido ese continuar y confiar sabe lo que ofrece esa vida.
Para terminar este escrito, estemos pasando lo que estemos pasando, con la paz del Señor todo es más fácil. El sentido, el por donde y las respuestas van llegando; no sin cansancio, no sin esfuerzo. Y allí estamos presentes, en ese vínculo, Él y nosotros.
Renuévanos, Señor, la paz y las ganas de Ti cada día.
Amén.