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La luz que nos habita

    Por Noemi Ana Castiñeiras

    La luz está siempre.

    No parte.

    No nace cada mañana

    ni muere cada noche.

    La luz no elige.

    Permanece.

    La luz te espera.

    Te invade.

    La luz revela al mundo distintas formas que perciben nuestros ojos encendidos: la belleza de una flor, la grieta en un muro, el rostro amado. También lo gastado, también lo roto.

    Ilumina por igual lo hermoso y lo terrible.

    Pero basta un cuerpo, una hoja, una mano, o la misma Tierra girando sobre sí misma, para que aparezca la sombra.

    Entonces creemos que la luz se ha ido. Y no.

    La noche no es la ausencia de la luz. Solo es la penumbra que parece borrar lo que siempre estuvo allí.

    La noche es sombra. Es apenas una interrupción: para algunos, quietud y merecido reposo; para otros, escape. Un secreto momentáneo, porque “todo sale a la luz ”.

    También ocurre dentro de nosotros. Y en nuestro interior hay otra luz: la que nos costó conocer, la que no parecía distinta, la luz que hasta el ciego tiene. Esa luz es Dios y Señor en nosotros, y no nos exime de opacidad interior.

    Necesito buscar mi sombra interior e iluminarla. Tal vez el miedo, la culpa y las ausencias se interpusieron en algún rincón de mi alma.

    Entre todas estas emociones inciertas, la luz que el hombre no pudo imitar nos hace ver nuestra propia opacidad.

    La luz verdadera traspasa los más densos obstáculos. Esta claridad sigue encendida incluso cuando una brizna de muerte nos advierte. Entonces brilla con más fuerza. Cuesta entender que nos deja caer sólo para sostenernos, y nos ilumina para ponernos de pie.

    Lo reconozco como Proveedor y Dueño. Fue solo un instante, imposible de medir en tiempo real. Me dio lámpara, me proveyó aceite en abundancia. Así tuve la claridad, la armonía, la certeza de que corazón, espíritu e intelecto no son míos. La fuerza de la luz pertenece a la Gracia: ella impide que haya sombras en mi alma.

    La luz te sigue sin noche. La luz te espera. Te invade.

    Y mientras la Tierra gira lenta en el espacio, mientras las habitaciones se llenan de penumbra y los ojos aprenden a mirar de otro modo, la luz respira y acaricia tu memoria.

    La luz es promesa.

    Lucas 12:32

    “No temáis, manada pequeña, porque el Padre ha decidido darles el reino”.

    La luz es oportunidad.

    Hechos 16:31

    “Serás salvo tú y todos a quienes amas”.

    Tu luz invita.

    Apocalipsis 3:20

    “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo, si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaremos juntos y no me iré”.

    Que siempre tenga prisa y alegría para dejarte pasar. Que encuentre la llave de los sentidos atentos, con una silla dispuesta a mi lado para vos. Te ruego por los que no responden cuando llamás. Y para mí te pido entendimiento puro, sin adictivos, de tu enseñanza. Guárdalos en mi corazón.

    La génesis de mi relato se origina en el Evangelio de Juan.

    Tu luz es el inicio, el mejor principio sin final.

    Juan 1: 9-12

    “Aquella luz verdadera que alumbra a todo hombre y a toda mujer, venia a este mundo, en el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho y el mundo no le conoció. A los suyos vino y no lo recibieron, más a todos los que lo recibieron y creyeron en él les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios”.

    Esa luz nos alumbra para hacernos, junto a Él, herederos del Reino que proclamó en toda su misión.

    Por eso Él fue, es y será la Luz que nos habita.