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Un diálogo entre el hambre y el poder

    Por Luis Vásquez Buenfil

    El desierto no es solo un mapa de arena; es el espacio donde el silencio te obliga a escuchar tus propios vacíos. Llegué aquí arrastrando todavía el agua bendita del Jordán y la voz del Padre resonando en mis oídos, pero el Espíritu que me trajo no me eximió del cuerpo. Después de cuarenta días, el hambre dejó de ser una señal biológica y se convirtió en una grieta profunda que amenazaba con devorarme el horizonte.

    Ahí apareció él, encarnando la lógica de los imperios que gobiernan el mundo. Su primera propuesta no fue un ataque, sino un susurro asistencialista y corporativo:

    “Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”.

    Era la tentación de resolver mi necesidad inmediata traicionando el proyecto comunitario. El diablo me ofrecía ser el mesías del asistencialismo y de la magia económica, un proveedor que calma el estómago de los oprimidos para que olviden su libertad. Pero el pan sin dignidad es solo otra forma de domesticación. Por eso le respondí desde la memoria de mi pueblo errante:

    “No solo de pan vivirá el hombre”.

    La vida humana exige justicia, palabra y comunidad, no solo calorías para seguir produciendo en la cantera del opresor.

    El segundo asalto fue geopolítico. Desde una altura me mostró la gloria y el dominio de los reinos de la tierra, afirmando una terrible verdad estructural:

    “A mí me ha sido entregado, y a quien quiero se lo doy”.

    El sistema de opresión se presentaba como el único dueño de la historia. La condición para gobernar era arrodillarme ante la lógica de la acumulación, el militarismo y el sometimiento. Era la invitación a convertirme en un opresor más para “cambiar las cosas” desde arriba. Pero el Reino de Dios no se construye replicando las estructuras de los césares.

    “Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás”,

    Le contesté. Rompí el pacto de vasallaje; el Dios de la vida no comparte su altar con los ídolos del poder que deshumanizan a las mayorías.

    Finalmente, me llevó al pináculo del templo en Jerusalén. La tentación más peligrosa no fue económica ni política, sino clerical y religiosa. Me desafió a usar las promesas de las Escrituras para mi propio espectáculo y seguridad individual:

    ”Lánzate abajo… Sus ángeles te guardarán”.

    El diablo sabe citar la Biblia para legitimar el privilegio. Me ofrecía una fe de laboratorio, una espiritualidad de inmunidad diplomática que me rescatara mágicamente del sufrimiento humano. Querías un Mesías que cayera del cielo como un conquistador, intacto, sin rozar el dolor de las víctimas.

    “No tentarás al Señor tu Dios”

    puse como límite. Dios no es un amuleto para el lucimiento de las élites religiosas.

    El diablo se retiró buscando un tiempo oportuno, porque sabe que el sistema siempre vuelve a tentar a quienes eligen el camino de los pobres. Pero mi decisión estaba tomada: no usaría el Espíritu para esquivar la historia, sino para encarnarme en ella.