Por Juan José Barreda Toscano
Pareciera que dar dinero fuera un tema paralelo a toda consideración ética, especialmente en el contexto de la iglesia: diezmar, ofrendar. Sin embargo, al leer Hechos 3:6 —“No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”— emerge una perspectiva distinta. Es una escena que se repite en nuestras ciudades: en Lima, en Buenos Aires, en Nueva York o en destinos exclusivos como Los Cabos. La mendicidad está ahí, incómoda, interpelando.
El texto bíblico, con notable sabiduría, no explica por qué ese hombre llegó a tal situación. Y ese silencio es elocuente: no importa. Justificar la indiferencia atribuyendo la miseria a fallas personales no es propio de una ética compasiva. Pedro elige otra vía: mirar, arriesgarse a ver y a reconocer. Se acerca, mira a los ojos, establece un vínculo. Ese gesto rompe con la lógica de una sociedad que ha convertido a ese hombre en un símbolo de advertencia, casi en un objeto.
Ese mendigo, anónimo, está excluido no solo físicamente —ni siquiera puede entrar al templo— sino también simbólicamente: su presencia sirve para reforzar discursos religiosos de culpa y castigo. Es parte de un sistema que necesita ejemplos visibles de fracaso para sostener su estructura. Mientras tanto, quienes detentan poder, incluso aquellos responsables de la muerte de Jesús, continúan ejerciendo su autoridad con normalidad.
El relato no describe las causas de su condición, pero sí permite ver su humanidad: alguien con movilidad reducida desde el nacimiento, acostumbrado a la humillación. Su historia se repite en millones. Personas usadas como escarmiento, reducidas a estereotipos de pobreza, mediocridad o delincuencia. Aquí resuena la invitación de Jesús: “El que tiene oídos para oír, oiga”.
Pedro, por su parte, no es un héroe distante. Es un hombre que ha fallado, que negó a su maestro. Ha experimentado la gracia no como borrón y cuenta nueva, sino como llamado al cambio. No se queda paralizado en la culpa, sino que vuelve a caminar, esta vez con humildad. En ese proceso, aprende a ver lo que otros ignoran.
Al encontrarse con el mendigo, Pedro no actúa automáticamente. Observa, discierne, reconoce a una persona. Tal vez se identifica con él: un pescador que también conoció la precariedad, que ha dependido de otros. Quizás percibe en ese hombre no solo necesidad, sino también dignidad. Y entonces ocurre algo decisivo: lo invita a mirarlos.
“Míranos”. En medio del bullicio, esa palabra rompe la rutina. El mendigo, acostumbrado a recibir monedas lanzadas a distancia, duda. ¿Será una burla más? ¿Otra forma de humillación? Pero insiste: “Míranos”. Ese segundo llamado crea un espacio distinto. Ya no se trata de una transacción, sino de un encuentro.
Cuando Pedro dice “No tengo plata ni oro”, no está justificándose, sino compartiendo su realidad. No tiene recursos económicos, pero posee algo más profundo: la capacidad de reconocer al otro como igual. Ese reconocimiento es el primer acto de restitución. Lo que sigue —“lo que tengo te doy”— no niega la importancia del dinero, pero lo trasciende. No es limosna, es relación.
El gesto de tomarlo de la mano y ayudarlo a levantarse expresa una fe que no nace de sistemas teológicos complejos, sino de la empatía. Es una fe encarnada, arriesgada, que desafía la lógica dominante. Invoca el nombre de Jesús, recientemente ejecutado, lo cual añade un elemento de riesgo y escándalo. ¿Qué autoridad puede tener alguien considerado hereje? Sin embargo, es precisamente en esa aparente debilidad donde se manifiesta el poder de Dios.
El mendigo enfrenta una decisión en un instante cargado de tensión. Confiar implica romper con su propia resignación. Tal vez ha dejado de imaginar una vida distinta. Tal vez la mendicidad le ha enseñado a sobrevivir, pero no a esperar. Sin embargo, en ese momento, responde. Extiende la mano. Y al hacerlo, participa de un acto de fe que transforma su realidad.
La reacción de la multitud es de asombro. Algunos quizás se sorprenden por el milagro en sí; otros, por el hecho de que ocurra en el nombre de Jesús. Pero es posible que el asombro más profundo sea otro: reconocer que ese hombre estuvo siempre allí, frente a ellos, y que su respuesta habitual fue la limosna. Monedas, pan, ropa usada. Ayudas que alivian momentáneamente, pero no transforman.
El relato invita a repensar la relación con quienes viven en situación de vulnerabilidad. No se trata de negar la importancia de dar, sino de cuestionar cómo y desde dónde se da. La limosna puede ser necesaria, pero no suficiente. Puede incluso perpetuar distancias si no está acompañada de reconocimiento y encuentro.
Mirar a los ojos implica asumir riesgos: el riesgo de ver, de dejarse afectar, de involucrarse. Implica también reconocer la propia vulnerabilidad. Pedro no se presenta como superior, sino como alguien que también carece. Desde esa honestidad, ofrece lo que tiene: una relación que dignifica, una palabra que levanta, una acción que transforma.
El texto sugiere que la verdadera respuesta ética no comienza con el dinero, sino con la mirada. Una mirada que reconoce al otro como sujeto, no como objeto; como prójimo, no como problema. Desde allí, dar adquiere otro sentido: ya no es un acto de superioridad, sino de comunión.
En definitiva, Hechos 3:1-10 no es solo un relato de milagro, sino una invitación a revisar nuestras prácticas y actitudes. Nos confronta con nuestras formas de indiferencia y nos llama a una ética del encuentro. Una ética que no se conforma con aliviar, sino que busca restaurar; que no se limita a dar cosas, sino que se atreve a darse a sí misma.
Mirar a los ojos. Dar de lo que se tiene. Allí comienza una transformación que no solo levanta al otro, sino que también nos bendice como cristianos.