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¿Y si esto no es paz?

    Por Lorena Juarez

    Hay palabras que usamos con tanta frecuencia que, con el tiempo, podemos olvidar lo que realmente significan. Una de ellas es paz. Decimos que necesitamos paz, que queremos estar en paz, que decidimos soltar algo “para tener paz”. Y quizás, sin darnos cuenta, algunas veces confundimos la paz con algo bastante diferente: la resignación.

    Me lo he preguntado más de una vez: ¿y si eso que llamo paz es simplemente que me cansé de esperar?

    A veces dejamos de luchar por un sueño, un proyecto, una relación o algo que deseábamos profundamente. Dejamos de insistir, de esperar, de intentar. Nos decimos: “Ya está”, “no era para mí”, “es mejor dejarlo así”, y sentimos cierto alivio. Ya no hay conflicto, ya no hay expectativas y, por lo tanto, tampoco hay tanto dolor.

    Pero ¿la ausencia de conflicto significa necesariamente que encontramos paz?

    La resignación puede parecerse mucho a la paz porque ambas pueden producir silencio. Sin embargo, una nace de la confianza y la otra puede nacer del cansancio, del miedo o de la frustración.

    Jesús dijo: “La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo” (Juan 14:27). Y me llama la atención que Jesús no estaba prometiendo una vida sin dificultades. Poco después diría a sus discípulos: “En el mundo tendrán aflicción; pero tengan ánimo; yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

    Entonces, ¿qué clase de paz estamos buscando?

    Pablo escribe a los filipenses que no deben vivir dominados por la ansiedad, sino presentar sus peticiones delante de Dios con oración y acción de gracias. Y agrega: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7).

    Una paz que sobrepasa todo entendimiento.

    Esto me resulta especialmente significativo. Porque quizás la paz de Dios no siempre sea la sensación de que todo está bien. A veces las circunstancias siguen siendo difíciles, las respuestas no llegan y el futuro continúa siendo incierto. Sin embargo, puede existir dentro de nosotros una paz que no logramos explicar desde lo que está sucediendo afuera.

    La resignación, en cambio, puede decir: “Ya está. No hay nada más que hacer”.

    La paz puede decir: “No sé qué va a suceder, pero puedo confiar en Dios mientras camino”.

    Y aquí creo que aparece una diferencia importante. La resignación puede apagar nuestros sueños para evitar el dolor de no alcanzarlos. La paz, en cambio, nos permite poner nuestros sueños delante de Dios y discernir qué debemos sostener, qué debemos transformar y qué debemos soltar.

    Porque también es cierto que hay momentos en los que necesitamos soltar.

    No todo sueño debe convertirse en realidad. No todo proyecto debe continuar. No toda relación debe sostenerse a cualquier precio. Hay puertas que se cierran y caminos que necesitamos abandonar. Pero soltar no es necesariamente resignarse.

    Quizás la pregunta no sea solamente qué estoy dejando, sino desde dónde lo estoy dejando.

    ¿Estoy entregando algo a Dios o simplemente estoy tratando de anestesiar el dolor? ¿Estoy aceptando una dirección diferente o estoy dejando de esperar porque ya no quiero volver a sufrir?

    Quizás la paz de Cristo no sea simplemente que nada nos perturbe. Quizás sea una paz que nos permite permanecer firmes sin ser dominados por la ansiedad; una paz que nos da libertad para actuar, amar y también saber cuándo soltar.

    Y cuando pienso en esto, vuelvo a una de las palabras de Jesús que siempre me desafían: “Bienaventurados los que procuran la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).

    Jesús no habla solamente de quienes tienen paz, sino de quienes la procuran. La paz, entonces, también tiene algo de movimiento, de decisión, de compromiso con los demás. Los pacificadores no son necesariamente quienes evitan los conflictos para conservar su tranquilidad. Son quienes se animan a construir algo diferente en medio de ellos.

    Construir paz puede implicar conversar, escuchar, confrontar, pedir perdón, poner límites, buscar justicia, reparar una herida o tender un puente. A veces requiere mucho más coraje que simplemente retirarse.

    El resignado deja de luchar para conservar su tranquilidad. El pacificador, en cambio, lucha por la paz.

    Y esto también me hace pensar en nuestras propias relaciones y comunidades. ¿Cuántas veces llamamos “paz” a no decir nada para no generar problemas? ¿Cuántas veces preferimos alejarnos antes que intentar una conversación difícil? ¿Cuántas veces confundimos “estar tranquilos” con vivir en paz?

    Tal vez ahí esté otra de las diferencias que necesito seguir aprendiendo: la paz de Cristo no siempre me invita a retirarme del conflicto. A veces me invita a atravesarlo de otra manera.

    Por eso, últimamente me parece que la pregunta no debería ser solamente: “¿Qué tengo que dejar para estar en paz?”, sino también: “¿Qué estoy llamado a hacer para que la paz sea posible?”

    Y quizás haya una pregunta todavía más personal: ¿Estoy en paz porque confío en Dios, o porque dejé de esperar para no volver a sufrir? No siempre voy a tener la respuesta.

    Pero quizás parte de la vida de fe consista justamente en aprender a distinguirlas.

    Porque hay una paz que nace de haber soltado porque ya no creemos que sea posible.

    Y hay otra que nace de haber entregado, confiando en que Dios sigue siendo Dios, aun cuando todavía no sabemos cómo terminará la historia.

    Esa es una paz que, como dice Pablo, sobrepasa todo entendimiento.