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Éxodo, capítulo 33

    Por Jimena González

    ¡Qué linda es la Biblia! ¡Qué maravillosa es la historia de la salvación! Qué interesante es descubrir la pedagogía del Señor, cómo se va revelando nuestro Dios, cómo se va presentando el Dios de los inicios y cómo nos va constituyendo como su pueblo. Su pueblo, elegido y bendecido, testigo de su poder, pero también tan frágil.

    Para introducir este escrito, vamos a situarnos en el libro del Éxodo, en lo que sucede inmediatamente antes del capítulo 33. Moisés sube al monte Sinaí y permanece allí durante cuarenta días. El pueblo desespera ante una espera que no puede controlar; quizás experimenta soledad y se siente desprotegido. Y la pifia, inventa un Dios falso, controlable y a medida, configurando un becerro de oro. Así estamos.

    Quiero que miremos detenidamente el capítulo 33 del Éxodo. Cuando lo leí, supe que no era un capítulo más. Te invito a que lo leas también, para ver qué descubrís vos. Yo lo leí varias veces, pensando en cada palabra. Varios versículos me llamaron la atención y otros me parecieron de una belleza enorme. Vayamos juntos en este compartir.

    Jehová dijo a Moisés:

    «Sube a la tierra que mana leche y miel; pero yo no subiré contigo».

    Después de todo lo vivido, después de haber sido testigos de toda la gracia y del poder de Dios, en una espera que no pudieron sostener, el pueblo hirió profundamente a Dios con un becerro de oro.Y entonces Dios dice que no irá con ellos. Se me partió el corazón cuando me di cuenta de que Dios estaba diciendo que no caminaría en medio de su pueblo. ¿De qué sirve la Tierra Prometida si Dios no va a estar con nosotros? ¡Qué tristeza!

    Existe una diferencia entre recibir los dones de Dios y recibir a Dios mismo. Me quedé meditando en ello.

    La identidad de Israel, como pueblo, era que Dios caminaba con ellos. Entonces, ¿quién es Israel sin aquello que verdaderamente lo constituye?

    «Y oyendo el pueblo esta mala noticia, vistieron luto, y ninguno se puso sus atavíos».

    Toda verdadera conversión comienza cuando el hombre comprende lo que hizo y también lo que ha perdido. El pueblo llora la pérdida. No hay nada que adornar. Están tristes, y esa tristeza es una realidad.

    «Y Moisés tomó el tabernáculo y lo levantó lejos, fuera del campamento».

    El cambio se vivencia, pero todavía hay esperanza. Dios sigue hablando con su pueblo por medio del gran Moisés.

    «Cuando Moisés entraba en el tabernáculo, la columna de nube descendía y se ponía a la puerta del tabernáculo, y Jehová hablaba con Moisés. Y viendo todo el pueblo la columna de nube que estaba a la puerta del tabernáculo, se levantaba cada uno a la puerta de su tienda y adoraba. Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo».

    El pueblo adoraba. El pueblo todavía amaba. Todavía había esperanza en ese encuentro, en ese vínculo íntimo.

    Y Moisés habló con Jehová y le hizo tres peticiones hermosas:

    «Te ruego que me muestres tu camino, para que te conozca».

    «Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí».

    «¿Y en qué se conocerá que hemos hallado gracia en tus ojos, sino en que tú andes con nosotros?».

    Guíanos, Señor, pide Moisés. No pide conocer solamente la voluntad puntual de Dios. Quiere conocer su corazón, sentir el calor de su compañía y poder profundizar en Él.

    Queda claro que, si no es con Dios, no es. No tiene sentido. Sería como una espiritualidad hueca y estéril.

    ¿Quiénes somos nosotros sino su pueblo? ¿Quiénes somos sino el pueblo de Dios, el pueblo que camina con Dios y en cuya vida Dios está presente?

    Para culminar el capítulo, se cierra con un diálogo hermoso, con una imagen potente, con una  metáfora divina.

    «Déjame ver tu gloria», dice Moisés.

    Como quien sabe que lo más importante es la fuente. Es la expresión del deseo más profundo del corazón que ama a Dios: verlo.

    Y la respuesta de Dios es sorprendente:

    «Haré pasar delante de ti toda mi bondad».

    «No podrás ver mi rostro».

    «Verás mis espaldas».

    Más importante que la gloria es la bondad. «Haré pasar delante de ti toda mi bondad». Como si Dios dijera: «Haré pasar mi bondad por tu vida». Pero no podrás ver mi rostro. No en esta vida, no con estos ojos, no con nuestra capacidad limitada de comprender y discernir el misterio de Dios. Pero sí verás mis espaldas, una y otra vez. Como quien, cuando repasa lo vivido, mira para atrás y lo puede ver,  se da cuenta de que fue el Señor mismo quien estuvo allí, acompañando. 

    En el Nuevo Testamento, nuestro Señor Jesucristo le dará una vuelta más a todo esto.

    Pero esta parte de la historia de la salvación es, verdaderamente, hermosa.