Por Noemí Ana Castiñeiras
Desde hace tiempo tengo el versículo de Apocalipsis 3:20 sobre mi mesa:
«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo, si oyes mi voz y me abres la puerta, entraré en ti, cenaré contigo y tú conmigo».
Tengo la costumbre de desayunar frente a una ventana. Allí hay una silla que permanece vacía. No está puesta por descuido ni porque falte alguien. La dejo allí por si alguna mañana escucho el llamado en mi puerta.
Es una pequeña meditación cotidiana.
Una silla vacía para recordar que la esperanza también necesita un lugar donde sentarse.
No sé si alguna vez podré explicar lo que significa para mí esa espera. Es la fe que me sostiene frente a los problemas: los que tienen solución y también aquellos para los que no encuentro ninguna. Porque tener fe no significa que todo tenga que salir bien. La fe no me promete una vida sin pérdidas, sin dolor o sin aquello que no puedo reparar.
Me ofrece otra cosa.
Me ayuda a atravesar la vida sabiendo que, por ahora, caminamos inevitablemente hacia la muerte física, pero que ese camino puede estar habitado por otro contenido: la trascendencia, aquello que no termina, la esperanza de una vida perdurable y feliz.
Quizá por eso dejé una silla vacía.
Para esperar.
Para agradecer a quienes me enseñan del misterio divino de la fe.
Para estar disponible.
Para comprender mejor quién es aquel que llamará a la puerta dispuesto a entrar para compartir la cena.
Entonces conocí a Laodicea.
Era la séptima de las iglesias a las que se dirige el Apocalipsis. Y el siete, en la Biblia, aparece muchas veces como signo de plenitud, de totalidad, de algo que alcanza su cumplimiento. Las siete iglesias pueden ser, entonces, siete comunidades concretas de la historia, pero también parecen dibujar un espejo más amplio: la Iglesia entera, y cada uno de nosotros frente a Jesús.
Y esta séptima iglesia me desconcertó.
Laodicea no era una iglesia perseguida ni una comunidad que se sintiera derrotada. Al contrario, estaba convencida de sí misma: «Soy rico, me he enriquecido y de ninguna cosa tengo necesidad».
Pero Cristo veía otra cosa.
La veía pobre, ciega, desnuda.
La veía tibia.
Y lo más terrible de todo era que ella no lo sabía.
Entonces comprendí algo que me conmovió profundamente: aquel que dice «estoy a la puerta y llamo» está llamando precisamente a esa iglesia.
A una iglesia aturdida por su propia seguridad.
A una iglesia orgullosa de sí misma.
A una iglesia que había llegado a creer que no necesitaba nada.
Y, sin embargo, Cristo no se marcha.
No cierra la puerta.
No la abandona.
La corrige.
Le dice que compre de Él oro refinado, vestiduras blancas y colirio para sus ojos, para que pueda ver. A ella, que había desarrollado un colirio eficaz para tratamientos oculares, aun así, seguía con su ceguera espiritual.
Es un milagro cotidiano ser corregido y no abandonado en su forma de amarnos.
Cuántas veces yo también creí estar haciendo algo bien y después descubrí que había sido un error. Cuántas veces estuve segura de tener razón y terminé comprendiendo que mi mirada era pobre, que mi orgullo me había cegado.
Y entonces Laodicea dejó de parecerme una iglesia lejana.
Empezó a parecerme cercana.
Muy cercana.
Porque descubrí que ser corregido es una forma de amor.
Tal vez una de las más difíciles de aceptar y, a la vez, la que mejor nos hace alimentarnos.
Cristo no le dice a Laodicea: «Ya no hay lugar para ti».
Qué misterio su amor, cuánta ternura por nosotros.
El que conoce nuestra pobreza sigue llamando.
El que conoce nuestros errores quiere cenar con nosotros.
El que ve aquello que nosotros no podemos ver no utiliza ese conocimiento para destruirnos, sino para invitarnos a abrir los ojos.
Por eso sigo dejando una silla vacía.
Quizá la silla no sea para que yo espere que Cristo llegue.
Que sea para recordar que Él ya está llamando.
Y que la pregunta de cada día no es si vendrá, sino si yo escucharé.
Si abriré.
Si dejaré entrar a Aquel que conoce mis sombras y, aun así, quiere sentarse conmigo a la mesa.
Entonces pienso que su amor se parece mucho al perdón de cada día.
Es un milagro ser corregido sin ser abandonado ni aplazado.
Es un milagro que alguien vea nuestra debilidad y todavía quiera compartir el pan.
Y quizás por eso la frase del Apocalipsis no termina realmente en la puerta.
Termina en la mesa.
En la intimidad de una cena para compartir promesa y pan.
Miro la silla vacía.
No sé si algún día podré decir que he aprendido a escuchar perfectamente.
Pero la silla permanece allí. Está más linda, menos sola.
Y quizá esa sea también mi manera de decir:
Señor, la mesa está servida..