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Volver al hogar

    Por Amalia Sanahuja

    Casa, casilla, cuarto, residencia, piso, ph, vivienda, mansión, hogar. Tantos adjetivos para describir el espacio donde uno habita, donde se vuelve cada vez, donde uno se refugia, donde se hace puerto, donde uno encuentra su almohada y no otra donde reposar. La tecnología nos obligó casi de golpe a revisar qué significan los espacios para nosotros. Los más jóvenes tienen menos apego que los mayores a un estar más volátil. Los modelos de consumo también promueven cambiar rápidamente los lugares donde los humanos nos asentamos. A esto se suma un turismo feroz donde en pocos días podes recorrer pilas de países o ciudades con el apremio del “toco y me voy” casi sin detenerse. Ni que hablar de los que luchan por asegurar una estadía digna en todo tipo de lugares desde los más confortables hasta una pieza donde hacine a varios miembros de una familia a la vez, con todo lo que esto conlleva.

    Adquirir un lugar para habitar se convirtió en un difícil objetivo para la mayoría de las personas, acceder a un techo es un desafío difícil de alcanzar, el mismo sistema que excluye no se los permite. Debieran hipotecar sus vidas para alcanzar esa meta. Y también es una paradoja observar a gente mayor tener cuartos vacíos sin habitar, con el silencio tosco de la ausencia de quienes no están, después de haber luchado toda la vida para tener la soñada casa. Suena a la “vanidad de vanidades” del pensador de Eclesiastés.

    Después de desplegar este abanico “espacial”, viene a mi reflexión qué significado tiene para nosotros ese “estar”. Qué significa para nosotros “estar en casa”. También podemos preguntarnos cómo nos llevamos con nosotros mismos.

    Me detengo acá y reflexiono sobre el aporte de autores que trabajaron el modelo de la resiliencia como un proceso de adaptación que estudia cómo las personas o grupos que han atravesado situaciones significativas de adversidad, logran reponerse y salir adelante utilizando recursos personales, relacionales y contextuales para afrontar la vida.

    Tomando la resiliencia Stefan Vanistendael (1) nos acerca la imagen de una casa que nos ayuda a representarnos.

    Ese espacio interior que lucha por lo vital, se va construyendo a lo largo de nuestra vida mediante un proceso de descubrimiento de uno mismo y de su interacción con el entorno.

    Refiere a una pequeña casa compuesta de varios pisos y habitaciones. Cada sector  representa  aspectos relacionados a las necesidades de las personas.

    En ellas están representadas tanto las necesidades básicas como el sentido de aceptación de la persona, el saberse amado  y reconocido por otros. El tener una red que lo sostenga,  un sentido de pertenencia. El contar con iniciativa, creatividad y sentido del humor; la búsqueda de sentido y trascendencia  (espiritualidad);   y tener apertura a nuevas experiencias y motivaciones. En esta ocasión me detendré en uno de esos factores de resiliencia: la espiritualidad y la búsqueda de sentido.

    Privilegiar los valores del espíritu, desarrollar la introspección como una forma de mirarnos adentro de forma honesta; tener una fe con un marco de creencias,  nos conforman y dan sentido a nuestras vidas.

    La espiritualidad también conlleva un compromiso con valores propios positivos tanto para nosotros como para los demás. Esto implica un vínculo con las personas, la naturaleza y con nosotros mismos, digamos con la vida misma.

    Antes las adversidades,  la búsqueda de sentido no consiste meramente en soportar una crisis profunda o desgracia, implica encontrar algún significado en lo que se está viviendo. Por qué me está pasado esto? Qué puedo hacer con esto que me está pasando?  En esa búsqueda y en situaciones extremas los que lograron salir adelante fueron los que miraban hacia el futuro con sentido.  Dar lugar a la espiritualidad en la vida fortalece la esperanza, ayuda a mantener valores estables; permite trascender el sufrimiento inmediato, orienta las decisiones y las conductas. Favorece la aceptación de aquello que no puede cambiarse, en definitiva proporciona un marco de significado que orienta la vida.

    Cómo está nuestra casa interior, cómo estamos parados frente a la vida. Siempre hay tiempo para seguir construyendo aún en medio de la desolación.

    La historia de personas que atravesaron dificultades dan cuenta de ello.  Seguir construyendo la casa y revisar los cuartos que necesitan arreglos aportará nuevas herramientas que quizás necesitemos alguna vez para la vida.

    Pienso en la casa de Proverbios 24:3-4, que nos recomienda que la edifiquemos con sabiduría y que con entendimiento va a ser afirmada;  o como el prudente que la edificó sobre la roca y no sobre la arena, atendiendo el consejo de oir las palabras del evangelio (Mateo 7:24-25).

    El apóstol Pablo nos recomienda que no ignoremos que somos templo – casa – del Espíritu Santo y que no nos pertenecemos (1°Corintios 6:19) .  Y también Jesús tiene palabra frente a la turbación de sus discípulos,  promete una morada para estar con El. (Juan 14:1-3).

    Señor enseñanos a cuidar nuestra casa y a confiar en tu promesa!!

    Construyendo la casita de la resiliencia