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¿Qué vemos cuando podemos ver?

    Por María Elena Serini

    Ver no es solamente tener buena visión. Podemos tener ojos que funcionen correctamente y, sin embargo, no ser capaces de ver el dolor de otros, las oportunidades que se presentan, la esperanza o incluso aquello que Dios está haciendo en nuestra vida.

    Hay experiencias que nos llevan a comprender el verdadero valor de ciertas cosas que muchas veces damos por sentado. Ver es una de ellas.

    Abrir los ojos cada mañana y poder contemplar la luz del sol, los colores de la naturaleza y todo aquello sencillo que nos regala Dios, y que en ocasiones terminan haciéndonos mirar la vida de una manera diferente.

    El año pasado fui a un control de mi vista sin imaginar que recibiría un diagnóstico que me sorprendería. Me detectaron una enfermedad que, con el paso del tiempo, podía generar en forma progresiva el cierre de mi campo de visión si no me realizaba el tratamiento indicado.

    De repente, algo que tenía naturalizado: poder abrir mis ojos cada mañana, contemplar atardeceres, reconocer rostros, leer, moverme con libertad, adquiría un valor distinto.

    La vista dejó de ser algo cotidiano para convertirse en un regalo que necesitaba cuidar.

    ¿Cuántas veces llamamos milagro solamente a aquello que sucede de manera extraordinaria y dejamos de reconocer esos pequeños milagros que ocurren delante de nuestros ojos?

    A veces el milagro puede estar en la existencia de un tratamiento y en la posibilidad de conservar aquello que creíamos asegurado para siempre.

    Y mientras pensaba en el valor de nuestros ojos, recuerdo una historia del Evangelio que atraviesa los siglos: la de Bartimeo, un hombre ciego que estaba sentado junto al camino pidiendo limosna (Marcos10:46-52). No sabemos cuánto tiempo llevaba viviendo de esa manera, pero lo que sí sabemos que su mundo estaba marcado por la oscuridad y que dependía de los demás para muchas cosas.

    Cierto día, Bartimeo escucha que Jesús estaba pasando, entonces le grita: “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí”. Pero la multitud lo intenta callar, Bartimeo no se resigna y grita más fuerte para que Jesús lo escuche. Hasta que sucede algo maravilloso: Jesús se detiene en medio de la multitud, escucha la voz de un hombre que otros querían silenciar y le pregunta: “¿Qué quiere que haga?”.

    Bartimeo no pide riquezas, ni una posición ni cambiar las circunstancias de su vida. Pide algo sencillo, recobrar la vista. Jesús lo sana. Pero la historia no termina cuando Bartimeo abre los ojos, Marcos nos dice que después de recuperar la vista, siguió a Jesús por el camino.

    ¿Qué vemos cuando podemos ver? La historia de este hombre nos invita a pensar más allá de la vista física. Podemos tener una visión sana y estar ciegos frente a muchas realidades injustas, dolorosas, incómodas, llenas de necesidades.

    Nosotros también necesitamos aprender a mirar con gratitud, con compasión, sin prejuicios. Mirar hacia adelante aun cuando el camino no sea claro, aun cuando hayamos perdido.

    Asimismo, los Evangelios nos cuentan de otros encuentros de Jesús con personas ciegas que no fueron sanadas de la misma manera, por lo que la historia de Bartimeo no debería convertirse en una fórmula para medir la fe de los demás, aun en medio de nuestras limitaciones podemos levantar la voz y acercarnos a Jesús. El milagro de Bartimeo comenzó antes de que sus ojos fueran abiertos, ocurrió cuando el Maestro se detuvo y escuchó su voz. Esto nos habla de quién es Él y de la llegada de su Reino, en donde la Vida, la Restauración y la Esperanza tienen un lugar esencial.

    A veces se trata de nuestros ojos y de la posibilidad de recuperar o conservar la visión gracias a los avances de la medicina; otras veces se trata de algo más profundo: aprender a mirar la vida de otra manera, descubrir aquello que antes no podíamos ver y reconocer realidades que estaban delante de nosotros.  

    Por eso, después de pensar en mi propia experiencia y en aquel hombre que se encontró con Jesús, me queda una pregunta: ¿Qué estoy viendo y qué cosas todavía necesito aprender a ver?

    Pidamos a Dios no solo conservar nuestros ojos abiertos, sino también tener una mirada capaz de reconocer al otro, de comprender, de acompañar, de agradecer y descubrir esperanza aun en medio de un mundo que parece oscurecerse. Porque quizás el verdadero milagro no sea solamente volver a ver, sino aprender a mirar con nuevos ojos.