Ir al contenido

Números, capítulo 11

    Por Jimena González

    En este caminar con Dios, por medio de la lectura que vengo haciendo de su Palabra, la Biblia, me encuentro con otro capítulo que resonó de manera distinta en mi interior y que me motivó a detenerme a pensar y meditar en él, tanto que sentí el deseo de compartirlo con ustedes. Me encanta descubrir la pedagogía de Dios. Me maravilla tanto lo que hizo con su pueblo y me toca tan de cerca en algunas cosas, que parece un milagro que esto suceda de esta forma: que su Palabra se revele como algo tan histórico y tan actual a la vez.

    Para introducirnos un poco en Números, capítulo 11, nos encontramos con que el pueblo de Israel ha sido liberado de Egipto. Ha atravesado el mar, ha recibido la Ley y ha establecido la alianza con Dios en el Sinaí. Ahora comienza el caminar por el desierto hacia la tierra prometida. ¡Cuánto simbolismo tiene la palabra «desierto» en la historia de la salvación!

    El pueblo empieza a dejarse invadir por una nostalgia que se comienza a  idealizar. Los recuerdos se sesgan, se selecciona aquello que alguna vez produjo satisfacción y se deja en un segundo plano aquello que también formaba parte de esa experiencia. Se instala una queja y se llena de  justificaciones y lo viejo, lo conocido, se resiste a dar paso a lo nuevo, a lo desconocido. Hay algo profundamente humano en este movimiento: cuando el presente se vuelve difícil y el futuro todavía no ofrece certezas, el pasado puede adquirir un brillo que quizás nunca tuvo en su totalidad.

    La fragilidad humana se manifiesta en la añoranza de algo «seguro»: aquel pedazo de carne que comíamos. Egipto comienza a ser recordado a través de sus alimentos, mientras parece desdibujarse el precio que el pueblo pagaba por ellos: la esclavitud. Lo conocido recupera su atractivo, aun cuando haya sido aquello de lo que tanto necesitábamos ser liberados. La memoria, entonces, deja de ser un registro íntegro de lo vivido y comienza a convertirse en refugio. Y así, casi sin advertirlo, podemos llegar a añorar aquello mismo de lo que alguna vez deseamos salir.

    Hay momentos en los que la libertad tiene un costo: nos exige abandonar certezas, renunciar a formas conocidas de vivir y atravesar un tiempo en el que todavía no sabemos cómo serán las cosas. Lo nuevo no siempre llega acompañado de seguridad; a veces, llega primero como incertidumbre, como desierto. Y entonces aparece la tentación de volver atrás, no necesariamente porque aquello fuera bueno, sino porque sabemos cómo habitarlo. Incluso el sufrimiento conocido puede parecernos más soportable que la posibilidad de un cambio cuyo desenlace no podemos controlar.

    Israel ha salido físicamente de Egipto, pero interiormente todavía desea volver a él. Y aquí aparece una paradoja que me interpela: es posible haber salido de un lugar y, sin embargo, seguir habitando por dentro. La libertad exterior no garantiza, por sí sola, una transformación interior. Hay ataduras que persisten en la memoria, en los afectos, en nuestros modos de interpretar la realidad y en esa necesidad tan humana de querer tener certezas sobre lo que vendrá.

    En medio de esta coyuntura, Dios invita a su pueblo a aprender una forma nueva de caminar, a una nueva forma de vivir. No les ofrece un mapa de cómo será el camino, ni todas las respuestas, ni les evita el desierto. Les propone una relación en la que la confianza necesita renovarse día tras día. El maná es, en ese sentido, mucho más que alimento: es la experiencia cotidiana de recibir aquello que no pueden producir por sí mismos, de descubrir que no todo depende de sus fuerzas ni de su capacidad de anticipar lo que sucederá mañana. Hay algo que les corresponde hacer, caminar, disponerse, recoger el alimento; y hay algo que le corresponde a Dios hacer: el don que viene de Él.

    Egipto y el desierto, la esclavitud y la libertad, lo seguro y lo incierto. Y Dios, presente, queriendo revelarse como Dios y compañero. Un Dios que no solamente quiere conducir a su pueblo hacia una tierra, sino también enseñarle a caminar con Él; que no se limita a sacarlo de un lugar, sino que desea transformar aquello que ese lugar dejó en su interior.

    Tal vez el desierto sea también ese espacio en el que aprendemos a distinguir entre la seguridad a la que nos aferramos y la confianza a la que somos invitados. Porque confiar no significa saber qué va a suceder, sino animarnos a caminar aun cuando no lo sabemos.

    Otro punto interesante de este capítulo es el momento en que Moisés tiene una experiencia límite. Escucha el llanto del pueblo y expresa ante Dios su profundo cansancio. La responsabilidad de conducir a Israel se ha vuelto durísima para él.

    Me parece interesantísimo este gesto de Moisés: la ola es demasiado grande y él reconoce que la situación sobrepasa sus fuerzas. La humildad de reconocer el propio límite inaugura la posibilidad de recibir ayuda. Y Dios no le responde exigiendo que sea más fuerte, sino introduciendo una posibilidad nueva: compartir la carga con otros.

    Dios reparte el espíritu que estaba en Moises en ancianos de pueblo para compartir la carga del peso del camino. Y agrega algo más: el Espíritu no queda encerrado en nuestras estructuras o solo para exclusivos; está allí donde Dios lo necesita. Nuevamente, aparece la tentación humana de controlar aquello que pertenece a Dios.

    Quisiera que pensemos en el desierto y en lo que puede significar caminar con Dios por él. Parece que Dios no solamente quiere llevar a Israel a la tierra prometida; quiere transformar al pueblo durante el camino.

    Cuando pensamos en el desierto, no lo vemos como un lugar al que quisiéramos ir. Más bien parece como algo inevitable, ese lugar que necesitamos atravesar para llegar adonde tenemos que ir. En la Biblia, el desierto se muestra como un lugar de hambre, de prueba, de soledad y de transformación, pero también como un lugar de encuentro con Dios.

    Israel quiere llegar rápido, pero Dios está instruyendo a su pueblo. Esto me hace pensar que, muchas veces, uno quiere sacudirse de la situación en la que se encuentra. Sin embargo, quizás la oración más adecuada sería: «Señor, dame la sabiduría de reconocer tu presencia y concédeme la gracia de confiar en ti».

    Seguiré caminando con Dios por medio de su palabra. Gracias Señor por ella.