En el “El camello que llora”, un documental que se presenta como ficción, tenemos una historia de una mamá camella y su cría. El camellito nació albino después de un parto muy difícil que le dejó mucho dolor a su mamá. Por lo traumático del parto, la mamá camella rechazó a su cría y se negó a darle leche. El camello recién nacido sólo lloraba sin parar.
Esta historia transcurrió en el desierto de Gobi, en una familia nómada de Mongolia. Conforme a su costumbre, ellos se organizaron para ayudar a la camella que, a final de cuentas no la miran como “algo” sino como parte de su familia. Los integrantes de la familia nómada buscaron un músico, un intérprete del “morin khuur” que es un instrumento de cuerda parecido a un violín. Con el músico realizaron un ritual para la reconciliación. Lo que ocurre cuando el músico toca frente a la camella es muy singular: con la dulzura de los tonos musicales se conduce el sentir de la camella hasta que llega a las lágrimas de tal forma que, finalmente, acepta a su cría. Con la música “sanan” la experiencia traumática de la camella y la reconcilian con su cría. El camellito albino deja de llorar una vez que su mamá acepta darle leche.
Seguramente esto tiene una explicación que puede ser muy racional. Sin embargo, se realiza entre ritos religiosos, en la esfera de costumbres lejanas a necesitar explicaciones con causas y efectos para todo. Diría que es un acto muy espiritual por tener la sensibilidad para “tocar” lo profundo de la camella, liberarla del dolor y permitirle sentir y mirar de forma diferente a su camellito albino. La música no se usa como un “recurso” sino es parte de su modo de relacionarse con otras especies, en este caso con su camella que tantos beneficios les deja.
Traigo esta historia a este breve escrito porque quisiera invitar a poner atención a nuestra relación con la música y en especial como ofrenda a Dios, con relación a nuestra espiritualidad y para con los demás.
Cada domingo tenemos el espacio en comunidad para compartir alabanzas y adoración. Lo que cantamos no sólo es especial porque lo ofrecemos a Dios sino también porque cada canción es un reflejo de nuestra historia como comunidad de fe. Pensaría que igualmente, cada quien tiene su lista de canciones que están entrelazados con historias personales, que le remiten de una manera u otra a su relación con Dios a lo largo del tiempo.
Ahora bien, pensando en la música en general, incluso fuera del espacio de encuentro en comunidad en el templo: ¿Cómo nos disponemos ante lo no escuchado antes, la música que recién descubrimos? ¿Qué buscamos y que encontramos generalmente? ¿Qué hacemos de manera intencionada para fortalecernos espiritualmente con la música? ¿Cómo compartimos y vivimos en comunidad esa música?
En un momento en que hay tantos estímulos y que requerimos por salud e integridad decidir ante tanta información, imágenes e interacción virtual, quisiera invitar a ponerle intencionalidad a la experiencia que tenemos con la música. Y la música con relación a Dios. Ante el inmenso legado que tenemos del cristianismo, tal vez explorarlo nos lleve no sólo a conocer más “algo” (teológico, histórico, musical) sino a unirnos a una búsqueda que lleva siglos y ubicar nuestra vida espiritual en un cauce más amplio.
Cuando Pablo nos invita a presentar nuestros cuerpos como “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” y lo coloca como nuestro verdadero culto (Romanos 12:1) pienso dentro de las muchas decisiones que implica “presentar” el cuerpo, el construir deliberadamente el vínculo de amor con Jesús y nuestro prójimo a través de la música. Tiene que ver con una disposición, una actitud, más allá de lo que se siente. La ruta que tomaron los autores de los salmos quedó registrada: sin importar qué sentían, cuán desesperados o dichosos se reconocieran, su invocación a Dios y a través de la expresión musical fue una manera de mantener vivo su vínculo con Dios, de tener un “recreo” con relación al misterio, lo incierto.
¿Qué hacemos ahora, nosotros? ¿Nos atrevemos a cantar algo nuevo en nuestro devocional a solas? ¿En comunidad? Si una parte de la adoración, es decir, de poner voluntariamente con cuerpo y acción nuestro amor a Dios, también pasa por la forma que elegimos la música, necesitamos aprender a cuidar nuestra fuerza y salud espiritual también con la alabanza, la adoración. Disfrutemos del regalo de la música entre nosotros, es otra bendición gratuita y generosa que nos cambia y une a Dios y nos puede unir a los demás.