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Creer en esperanza contra toda esperanza

    Por Juan José Barreda

    En Romanos 4:18 el apóstol Pablo comparte una idea que siempre da que pensar, pero más aún, da que sentir y decidir: “Él (Abraham) creyó en esperanza contra toda esperanza”. En el pasaje le está hablando a cristianos que encuentran la fe en Jesucristo muy ajena a las expectativas y creencias de su entorno. En muchas formas, el politeísmo romano reflejaba la vocación de manipular a las divinidades para que éstas respondieran a los deseos de sus adoradores. En los rituales, la grandeza de la ofrenda, el tiempo dedicado, el involucramiento de mediadores más sagrados que otros, podía influir en la decisión divina. De este modo, quienes tenían mayor poder económico, los hombres, las familias de élite, contaban con más posibilidades de persuadir a los dioses para que actuaran a su favor. Las enseñanzas de Jesús, y más tarde las de Pablo, eran muy contrarias a aquellas creencias.

    Los cristianos en Roma formaban parte de una cultura que ponderaba el honor y el poder sobre los demás. El linaje familiar marcaba la identidad de una persona, y la buena reputación era un bien social y personal que debía cultivarse a través de logros que, en muchos casos, estaban fundados en el despojo, la superioridad, el control –sobre uno mismo y sobre los súbditos–, y la posesión de riquezas. Las jóvenes comunidades cristianas en Roma estaban conformadas, dicen los especialistas, por artesanos y esclavos. Todos ellos pertenecientes a los estratos más bajos. Sus expectativas de superación social y económica no surgían de una ambición de “poseer más”, sino de la necesidad de subsistir, de vivir en justicia, de asegurar las condiciones de salud fundamentales.

    “Creer en esperanza contra toda esperanza” fue un planteamiento profundo que proponía, no solo la determinación de creer, sino de hacerlo con un gran discernimiento respecto a cómo y qué se debía de creer. La historia de Abraham señala la fe en un Dios que se comunica soberanamente. En varias partes se lo identifica como “un amigo/amado de Dios”(Isa 41:8, 2 Cro 20:7, Sant 2:23). Dios lo llama a salir de Ur, de un pueblo idólatra, a formar uno que confíe sólo en él en un lugar que, en su momento, se le señalaría con precisión. La salida de toda la familia de su lugar de origen implicó luchas internas, decisiones, incertezas y esperanzas. También disconformidades con el presente, la vocación de superarlo a través de acciones de fe. No se puede tener esperanza sin deseos de cambio del presente, y esto, sin discernir que lo que se está viviendo se debe modificar.

    Los cristianos en Roma encuentran que la fe que se les enseña puede ser modificada para tener cierta conformidad con las del imperio. Se puede seguir a Jesús confiando en él como se hace en el César, por ejemplo. El cristianismo puede volverse una religión elitista que se basa en certezas, en la discriminación de quien no cree conforme se le enseña, o bien, que usa a los demás como peldaños e instrumentos para el logro de éxitos y prestigio. Pero Pablo los llama a creer de otra manera. “Creer en esperanza contra toda esperanza” presupone tener una visión de la realidad actual con la que se está disconforme, pero también, conlleva a la vocación de no asimilarse a ella, sino transformarla desde sus mismas bases. No se puede esperar como esperan todos, aunque esto parezca un acto de debilidad personal o ingenuidad social.

    La esperanza que movilizó a Abraham, y que lo hace amigo de Dios, no tiene certezas absolutas, se mueve en un mar de incertidumbres. ¿A dónde lo está llevando Dios puntualmente? ¿Cómo llegará hasta allá? ¿Todos estarán dispuestos a seguir unidos en el trayecto? ¿Con quiénes se encontrarán? ¿Qué oportunidades se abrirán en esos lugares? ¿Qué cambios y acciones puntuales requerirán esas nuevas situaciones? La salida de Abraham y su grupo familiar se suscitó en medio de miedos justificados, propios de gente sensata. Y es que la esperanza madura siempre está marcada por las dudas y el temor. Lo que señala su carácter cristiano es, entonces, la determinación de confiar y salir, de ir, de actuar consecuentemente al llamado de Dios. Es que, en muchos casos, el llamado de Dios a creerle no viene acompañado de evidencias que garanticen que las cosas sucederán como las esperamos.

    La esperanza contra esperanza es también un ejercicio en el que experimentamos, en ocasiones de forma muy cruda, nuestras vulnerabilidades. La fe cristiana no es de los que se creen poderosos y dueños de sus propias vidas. La fe cristiana requiere la madurez de coexistir con nuestras incapacidades, con nuestras ignorancias, con nuestros bloqueos emocionales, con nuestra pobreza económica, con nuestras enfermedades físicas. Injustas o no, éstas deben de ser abrazadas con el fin de que podamos presentárselas a Dios, y esto, con el fin que él las cargue. La esperanza nos enseña que no tenemos control de todo, hay veces de nada, y que esperar es entregarse a Dios para que obre según su amorosa voluntad. Una espera activa y contracultural.

    Por último, la esperanza contra toda esperanza es una que opta por confiar de una manera que no es igual a otras esperanzas. No significa que otras formas de creer y esperar sean necesariamente erradas. Se trata de elegir una forma y respetarse a sí mismo por ello. En otros casos, se trata de una esperanza que puede que sea combatida y criticada. Algunos racionalismos se presentan como adultos, cuando en realidad camuflan la incapacidad de confiar, no poder ante situaciones en las que no se controla todo. La esperanza a la que nos invita Pablo es aquella que espera “a pesar de”, y que espera lo que se piensa que es lo mejor según la imagen de un Dios de amor, de justicia, de salud.