Ir al contenido

El desafío de mirar como Jesús

    Por María Elena Serini

    A lo largo de la historia, muchas mujeres se destacaron por hacer aportes extraordinarios en distintas áreas,  como la ciencia, la educación, la política, el deporte y la ingeniería, entre otros. Aunque durante mucho tiempo la sociedad les impuso muchas limitaciones para estudiar, trabajar o participar de la vida pública, lograron superar esos obstáculos y dejaron un legado invaluable para las siguientes generaciones.

    Entre ellas se encuentran Cecilia Grierson, la primera mujer en graduarse como médica en Argentina; Ada Lovelace, considerada la primera programadora de la historia quien imaginó el potencial de las computadoras un siglo antes de que existieran; Alicia Moreau de Justo, destacada médica y educadora; y Marie Curie, la primera mujer en recibir dos premios Nobel en distintas especialidades científicas, Física y Química. Sus legados abrieron caminos a muchas mujeres para que hoy puedan estudiar, investigar, enseñar, competir y liderar.

    La Biblia está llena de historias de mujeres que aceptaron el llamado de Dios y quiero detenerme en una muy hermosa y profunda, la mujer Samaritana.

    Es uno de los encuentros más revolucionarios del ministerio de Jesús porque rompe barreras que para la sociedad de su tiempo eran difíciles de cruzar. Jesús rompe la valla de género porque en aquel tiempo a un hombre judío no le era permitido hablar en público con una mujer desconocida. Sin embargo, inicia la conversación como un acto intencional y no por simple casualidad. “Le era necesario pasar por Samaria”, dice el texto de Juan. Muchos judíos evitaban pasar por ahí y preferían cruzar el Jordán, debido a la enemistad histórica entre judíos y samaritanos.

    La mujer tenía una historia personal compleja, por eso era mirada con desprecio por muchos de su pueblo.

    A pesar de esto, Jesús no comenzó señalando su pasado. Primero le pide agua. Este maravilloso gesto mostró que el maestro se encontraba  necesitado y abrió un diálogo con alguien a quien la sociedad evitaba.

    Con esa sencilla petición, Jesús le devolvió la dignidad antes de hablar de su vida. A lo largo de la conversación, Él revela que conocía su historia, pero no para señalarla ni para condenarla, sino para ofrecerle una vida nueva. Le habló del agua viva, de una adoración que no depende de un monte o un templo y finalmente le reveló que El era el Mesías.

    Este final es muy significativo, aquella mujer dejó su cántaro, volvió a su ciudad y anunció a los demás que había encontrado a alguien que le había dicho todo sobre su vida. Muchos samaritanos creyeron gracias a su testimonio.

    La mujer que probablemente era marginada por su comunidad se convirtió en una de las primeras anunciadoras del Evangelio en Samaria. Ella representa la gracia de Dios restauradora que sale al encuentro de quien es rechazada y la convierte en mensajera de buena noticia, la dignifica y le confía un papel activo en la historia de la salvación.

    Otra mujer es María, la madre de Jesús. Ella aparece al comienzo del Evangelio como una joven de un pueblo pequeño, sin poder político ni religioso. Sin embargo, cuando recibe el anuncio del nacimiento de Jesús, responde con fe: “Hágase en mí según tu palabra”.

    EL canto de María en Lucas1:46-55 no es solo una alabanza personal, sino también una proclamación profética. Era una jovencita valiente, confrontando con los más poderosos. Y esto no es una rebelión política, sino una denuncia profética de injusticia y una afirmación de que Dios actúa en favor de quienes sufren.

    María representa la fe obediente que acepta el llamado de Dios y proclama la esperanza de un mundo transformado por su justicia.

    ¿Qué une a estas dos mujeres?

    Aunque son distintas, tienen puntos en común:

    Las dos reciben una revelación de Dios.

    Las dos creen en Jesús.

    Anuncian la obra de Dios a otros.

    Muestran que Dios escoge a quienes el mundo considera pequeños y sin importancia.

    La historia de María y de la mujer Samaritana nos recuerda que el Evangelio siempre ha desafiado las lógicas de la exclusión.

    María tuvo la valentía de alzar su voz para anunciar que Dios derriba a los poderosos y levanta a los humildes. La mujer samaritana, a quien muchos habrían preferido callar, fue escuchada por Jesús y compartió las Buenas Nuevas.

    María proclama proféticamente que Dios cambia el orden injusto del mundo. La mujer samaritana demuestra con su vida que ese cambio comienza cuando una persona se encuentra con Cristo.

    Dos mil años después, el mundo ha cambiado y las mujeres han conquistado espacios que durante siglos les fueron negados.

    Hoy vemos la participación de las mujeres en diferentes áreas y en comunidades de fe, brindando sus dones y su servicio a la sociedad.

    Sin embargo, sería ingenuo  pensar que esta realidad ocurre en todo el mundo. En muchos lugares, las mujeres siguen siendo silenciadas, humilladas, violentadas, discriminadas enfrentando situaciones de desigualdad ante los hombres.

    A veces estas barreras se encuentran en la sociedad a través de prejuicios y estereotipos, mientras que otras se hallan ciertos espacios familiares, laborales, políticos u otros que limitan sus oportunidades y sus derechos.

    Jesús no ignoró a las mujeres de su tiempo ni las relegó a un segundo plano. Las escuchó, las defendió, las honró y las hizo partícipes de su misión.

    Él no ve a las personas como las ve la sociedad. Donde unos ven a una mujer despreciada, ve a una persona respetada; donde otros señalan un pasado, ve un futuro; y cuando otros levantan muros, Jesús construye puentes.

    Quizás la pregunta que hoy nos deja el Evangelio no es solo cuánto han avanzado las mujeres, sino cuánto estamos dispuestos  como sociedad y como cristianos a derribar prejuicios que todavía permanecen, porque el Reino de Dios sigue creciendo allí, donde una voz antes silenciada ahora es escuchada, donde una persona humillada recupera su dignidad y donde hombres y mujeres caminan juntos, reconociéndose iguales en valor, diferentes dones y unidos en la misión de construir un mundo más justo, más compasivo y más humano.

    Tal vez el mayor desafío de nuestro tiempo no sea preguntarnos si las mujeres tienen algo para aportar porque la historia ya ha respondido esa pregunta, sino aprender a mirar con los ojos de Jesús. Qué su ejemplo siga inspirándonos a construir comunidades y una sociedad donde nadie sea valorado por su género, su origen o su historia, sino por la dignidad que Dios le ha concedido.

    Porque cuando una mujer puede desarrollar plenamente sus dones que ha recibido, no solo crece ella, sino también las iglesias, las comunidades y la sociedad.

    Ese es el Reino que Jesús comenzó a anunciar y  que todavía estamos llamadas a hacer visibles con nuestras palabras y nuestras acciones.

    ¡Qué las palabras del apóstol Pablo sigan inspirando nuestro compromiso!

    “Ya no hay judío ni griego, 

    no hay esclavo ni libre, no hay

    hombre ni mujer,

    porque todos vosotros sois

    uno en cristo Jesús…”

    (Gálatas 3:28)

    Qué sea una realidad que inspire nuestra manera de vivir, de relacionarnos y de construir una sociedad donde mujeres y hombres, creados a imagen de Dios, sean valorados con la misma dignidad y el mismo amor.