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El Reino no rinde cuentas a nuestro calendario

    Por Lorena Juárez

    Vivimos en una cultura que nos invita constantemente a medir, comparar y mostrar resultados. Al finalizar un año, solemos repasar lo que hicimos, aquello que alcanzamos y lo que quedó pendiente. Evaluamos nuestros logros, recordamos proyectos inconclusos y, a veces, sentimos que el tiempo transcurrido nos enfrenta a una lista de expectativas incumplidas. Como si el calendario, además de ordenar nuestra vida, tuviera la última palabra sobre el valor de lo que hicimos.

    Esta lógica de la productividad también puede instalarse en nuestra manera de vivir la fe. Esperamos cambios, buscamos evidencias y queremos saber si aquello en lo que invertimos tiempo y esfuerzo dio resultado. Cuando no vemos lo que esperábamos, corremos el riesgo de interpretar la falta de resultados visibles como un fracaso. Sin embargo, no todo crecimiento es perceptible, no todo proceso puede acelerarse y no todo lo valioso se traduce en resultados inmediatos.

    En los Evangelios, Jesús presenta dos imágenes sencillas que cuestionan esa manera de mirar: una semilla que crece en la tierra y una pequeña cantidad de levadura que transforma una masa. En Marcos 4:26-29, el sembrador esparce la semilla y, mientras duerme y se levanta, esta germina y crece “sin que él sepa cómo”. Primero aparece el tallo, después la espiga y finalmente el grano maduro. En Mateo 13:33, una mujer mezcla levadura con harina hasta que toda la masa queda fermentada. Dos escenas cotidianas que nos acercan a una comprensión del Reino de Dios que no depende de la espectacularidad ni de nuestro control.

    El sembrador hace lo que le corresponde, pero no produce el crecimiento por sus propios medios ni domina cada etapa del proceso. La parábola no propone una fe pasiva ni justifica la falta de compromiso. Hay que sembrar y realizar la tarea. Pero sembrar no equivale a controlar el resultado. Existe una diferencia entre asumir la responsabilidad por nuestras acciones y atribuirnos el dominio sobre sus consecuencias.

    También en nuestra vida hay cosas que sembramos sin saber exactamente qué producirán. Una conversación, una decisión, una palabra de aliento, un gesto de cuidado o una tarea realizada con compromiso pueden parecer insignificantes en el momento en que ocurren. Quizás no lleguemos a conocer sus consecuencias. Tal vez sus frutos aparezcan mucho después, cuando ya ni siquiera recordemos aquella primera acción. No ver el resultado no significa necesariamente que nada esté sucediendo.

    La levadura ofrece otra perspectiva. Su acción transforma la masa desde adentro, sin que su presencia resulte proporcional a la transformación que produce. Jesús utiliza esta imagen para hablar del Reino, y eso nos invita a revisar nuestros criterios para reconocer su presencia. Si pensamos estas imágenes desde nuestra vida comunitaria, podemos reconocer que la presencia del Reino también puede hacerse visible en procesos menos evidentes: una persona que comienza a mirar la realidad de otra manera, una relación que se reconstruye, una comunidad que aprende a escuchar o una práctica injusta que empieza a cuestionarse. No se trata de afirmar que Jesús se refería directamente a cada una de estas situaciones, sino de explorar cómo las parábolas pueden iluminar nuestra manera de vivir la fe hoy.

    Lo pequeño no es necesariamente irrelevante, del mismo modo que lo visible no es siempre lo más significativo. Una transformación puede comenzar con algo que casi nadie advierte y, aun así, modificar profundamente la vida de las personas. Además, aquello que se transforma en nosotros puede repercutir en nuestros vínculos, nuestras decisiones y la manera en que compartimos la vida con otras personas.

    Estas parábolas no significan que todos nuestros proyectos vayan a dar el resultado esperado ni que debamos llamar crecimiento a cualquier experiencia. La esperanza cristiana no consiste en negar las dificultades ni en justificar la falta de acción. Se trata, más bien, de reconocer los límites de nuestra perspectiva y de aprender a discernir la vida incluso allí donde nuestros criterios habituales quizás no nos permitan verla.

    Al detenernos a evaluar un período de nuestra vida, vale la pena preguntarnos no solamente qué conseguimos, sino también qué sembramos, qué comenzó a transformarse y qué necesita todavía tiempo, cuidado y paciencia. Podemos reconocer los frutos sin despreciar los procesos que siguen en marcha. La responsabilidad de sembrar no nos convierte en dueños de la cosecha, ni la ausencia de resultados visibles significa necesariamente que nada esté sucediendo.

    El calendario nos ayuda a organizar el tiempo, pero no determina por sí mismo el sentido de lo vivido. Tal vez no tengamos una cosecha abundante para mostrar, pero sí señales de vida que merecen ser reconocidas. La semilla sigue creciendo bajo tierra y la levadura continúa transformando la masa. Las imágenes de Jesús nos invitan a revisar una convicción arraigada en nuestra cultura: que solo merece valor aquello que podemos mostrar, medir o contabilizar. Quizás la pregunta no sea únicamente cuánto logramos, sino qué está vivo en nosotros y en nuestras comunidades, y qué estamos haciendo para que esa vida pueda seguir creciendo.