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El viento de la Ruaj

    Por Camen Umpierez

    Unos domingos atrás fue el día de Pentecostés, una celebración que nos remite al libro de los Hechos, capítulo 2.

    La primera imagen que se nos viene a la mente es el viento que lo llena todo, el simbolismo de las lenguas de fuego, el Espíritu cayendo, posándose en los presentes. Una intervención divina que más que confundir comunica en diferentes lenguas el mensaje de salvación. ¡Es la buena noticia! Dios quiere relacionarse con las personas, sin importar de donde provengan.

    Esa invitación se hizo extensiva a quienes estaban en los alrededores, no importaba su procedencia, su lengua nativa, su color de piel, el mensaje era lo prioritario.

    Me viene a la mente esa canción que dice: “abre el corazón y las ventanas cuando empieza la mañana por si quieres hoy venir. Eres como el viento que no avisa cuando sopla y trae la brisa ven y sopla sobre mi…”

    Hechos 2 nos habla de una reunión de seguidores que estaban a puertas cerradas, pero con la intervención del estruendoso y recio viento, el que se volvió masivo, visible, y se dio a conocer.

    Siempre es más cómodo, estar entre quienes nos conocemos, compartiendo con quienes pensamos igual y creemos igual. Pero el relato habla del viento que viene y sacude, y visibiliza a las y los seguidores del maestro. El desafío es permitirle que nos llene, nos sacuda, nos airee, a fin de que podamos incluir a otros y otras en el mensaje de salvación. Que esta llegada se haga extensiva a quienes están en nuestra ciudad aunque quedemos expuestas y expuestos a la mirada de quienes nos rodean.

    En estos momentos que la discriminación ha aumentado, cuando la cercanía de aquellos que percibimos como “extraños y extrañas” nos resulta peligrosa, sospechosa; cuando reaparecen los operativos que detienen a personas solicitando constatar su identidad por el simple hecho del color de su piel, su apariencia o vestimenta, tenemos el desafío como seguidores y seguidoras de un Cristo encarnado, de cuidar nuestros pensamientos y actitudes para no consentir estas prácticas.

    El versículo 8 dice que “cada uno escuchaba hablar en su lengua”. El texto nos interpela: ¿qué lengua hablamos cuando nos acercamos a otras personas? ¿Tenemos un lenguaje inaccesible, usamos palabras raras, con muletillas y expresiones religiosas inentendibles que más bien alejan o podemos adaptar el mensaje de acuerdo a quien escucha?

    La Ruaj, término hebreo que refiere a la fuerza divina en acción, nos puede enseñar, moldear, preparar para hablar a cada quien en su lengua, de tal manera que seamos entendidos y el mensaje sea entregado?

    Tal vez, hoy también crean que estamos borrachos y borrachas, que vivimos una realidad paralela y que no nos llega lo que vivimos como sociedad, pero nuestra misión es seguir hablando, amando, comunicando que hay un Dios que no es indiferente, que no es solo una palabra, una expresión, una muletilla, que es alguien real y cercano dispuesto a acompañar nuestras vidas.

    Necesitamos la Ruaj, este maravilloso Espíritu consolador, que nos guía a la verdad, que hace viva y eficaz la palabra en nuestras vidas.

    Tenemos muchas palabras y lenguas que buscan confundir como si todo fuera lo mismo, pero la Ruaj no trae confusión, trae certezas de la presencia de Dios en nuestras vidas, para compartir esa presencia.

    Estamos en tiempos de crueldad, donde las personas son desvalorizadas, descartadas, ignoradas, pero el Espíritu sigue queriendo invadir nuestras vidas para compartir el mensaje con fuerza, con fuego apasionado, con lenguas que nos entiendan.

    Que podamos como comunidad de fe, tener claridad en el mensaje y las acciones para que otros y otras que vienen desde lejos, que se sienten excluidos, marginados, ignorados, puedan escuchar el estruendo del viento recio y reciban en su lengua el mensaje de salvación.

    Que Dios nos guie.