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Esas rupturas necesarias

    Por Juan José Barreda Toscano

    Les contaré la historia de Marta y María, dos hermanas. En su paso por Betania, Jesús es invitado por ellas para quedarse en su casa. Quienes relatan esta historia lo hacen de una manera provocadora. Es una historia llena de rupturas sociales y religiosas, por un lado, y de una propuesta vivificante y liberadora, por el otro.
     
    Son dos mujeres y un hombre. Mujeres que toman determinaciones e invitan al maestro que, pudiendo ir a otras casas, elige quedarse con ellas. Los investigadores consideran que se trata de amigas de Jesús. Mujeres jóvenes, probablemente solteras, que lo invitan sin consultar a ningún varón, a hospedarse con ellas. ¿No pensarían en el qué dirán? Tal situación, ¿no las comprometía a comentarios descalificantes tanto para ellas como para Jesús, un hombre soltero?
     
    La falta de detalles de la situación puede hacer pensar que pasaron muchas más cosas, pero que no son mencionadas. Lo cierto es que, al oír la historia, uno se puede preguntar si los silencios en el relato no responden a un intencionado deseo de comunicar la ruptura con ciertas prácticas éticas sociales aceptadas que, sin embargo, no responden al verdadero espíritu de Jesús, ni al de sus acciones ni al de sus enseñanzas. Los silencios rompen con visiones de las relaciones humanas que posibilitan la discriminación, el desprecio y la exclusión de los derechos.

    Recordemos que las mujeres eran vistas por algunos como inferiores a los hombres, aún en ciertos pasajes bíblicos. Están quienes no quieren aceptar esta afirmación y sostienen que el Nuevo Testamento habla sobre la complementariedad de hombres y mujeres. Es decir, que no se trata de la superioridad de uno sobre el otro, sino de roles. Sin embargo, al atribuir los roles asignados a unos y otras, son los de liderazgo, capacidad y fuerza los atribuidos a los varones. Con ello, se posterga a la mujer a “la ayuda” y a acciones de acompañamiento a los lineamientos impuestos por sus esposos, padres e hijos. En tiempos del Nuevo Testamento, las mujeres se sometían a los hombres reflejando su dependencia intelectual, actitudinal y ética.
     
    En ese contexto, y sin ir muy lejos tampoco, esta historia refleja prácticas de Marta, de María y de Jesús que no solo rompen con relaciones sociales injustas de poder, sino que también señalan las prácticas del reinado de Dios que se basan en la justicia y la equidad, la valentía y la acción transformadora. Esta historia, tan conocida en el mundo evangélico, se la conoce con una interpretación domesticada que le ha sacado todo el peso ético social liberador que posee. Esta historia es un mensaje poderoso contra el conservadurismo, es una convocatoria a amar a Jesús desde el seguimiento transformador de las realidades injustas.
     
    Sigamos observando los detalles de la narración. “María se sienta a los pies de Jesús, y escucha sus enseñanzas”. La descripción de la escena no dice cómo se llega a tal situación. Por la dinámica del relato y la acusación de Marta, parece ser que María le pide a Jesús que le enseñe. La postura de su cuerpo corresponde a la clásica descripción de una discípula aprendiendo de su maestro. ¿Acaso en aquella época estaría en tela de juicio que una mujer pudiera ser una discípula del Mesías tal lo eran los varones? Esta historia podría reflejar tal tensión entre los primeros destinatarios del Evangelio.
     
    El reclamo de Marta también refleja familiaridad con Jesús. El reclamo no es a María, sino a Jesús mismo. Le recrimina cómo siendo un maestro, acepta la propuesta de María, o bien, consiente que ésta no ayude a su hermana en las acciones que les son propias. La contraposición que plantea Marta no es la de “hacer” versus la de “no hacer”. Lo que plantea Marta como problema es la tensión entre dos quehaceres: “cumplir las normas sociales y religiosas establecidas para las mujeres” y “sentarse a ser discipulada por Jesús que es un derecho masculino”.
     
    La respuesta de Jesús a Marta es cariñosa y respetuosa. No discute ni confronta. Solo señala que el prototipo de “mujer hacendosa” en las tareas domésticas asignadas no es lo único, ni aún lo más importante en la vida de una mujer seguidora de Jesús. Marta también es una discípula. Lo refleja el hecho que ella es quien invita a Jesús a su casa, que ella se dirige a él como “Señor” y que le habla directamente y con franqueza. Solo que en esta escena Jesús le está enseñando a tener prioridades sobre cómo seguirle. Las mujeres discípulas de Jesús no estaban circunscriptas a servir las mesas, a dar hospedaje, a ser servidoras “secundarias”, sino que tienen el mismo derecho y la misma capacidad que cualquier otro discípulo. Eso, nadie debiera quitárselo.
     
    En nuestras visiones de misión aún nos encontramos con miradas elitistas o discriminatorias. Aún en espacios donde estos temas se han planteado repetidas veces y se quiere practicar la justicia del reino. La cultura capitalista que cosifica la vida humana, la cuantifica y le da valor en tanto produzca, sigue influyendo la visión de la misión y el discipulado. Están quienes cuentan cuántos son los ministerios “sociales” de una iglesia para valorarla. Hay visiones de la iglesia que la ven como fiel a Jesús de acuerdo al número de concurrentes. Están también quiénes valoran más la participación de hombres que de mujeres en el ministerio de una iglesia, ni hablar del menosprecio camuflado que existe cuando se trata de iglesias con una mayoría de inmigrantes o con muchos niños y niñas. Hay veces nos sentimos menos o con menos derechos que otros por estas visiones. Pero Marta, María y Jesús nos dan una gran enseñanza aquí. Nos llaman a romper, no solo con prácticas, sino con mentalidades que no nos permiten ver lo bendecidos que somos y la bendición que podemos compartir al romper con visiones fraudulentas de la fe, al construir nuevas relaciones, al atrevernos a desarrollar prácticas de discipulado liberadoras y vivificantes.