Por Lorena Juarez
Vivimos en un tiempo donde muchas cosas parecen haberse vuelto descartables. Relaciones, amistades, comunidades e incluso la palabra dada parecen tener fecha de vencimiento. A veces basta una diferencia, una decepción o un enojo para que un vínculo se rompa.
Quizás por eso la fidelidad se ha convertido en una virtud cada vez más difícil de practicar y, al mismo tiempo, cada vez más necesaria.
Cuando hablamos de fidelidad solemos pensar en grandes compromisos o en gestos extraordinarios. Sin embargo, la Biblia suele presentarla de una manera mucho más sencilla y cotidiana. La fidelidad tiene menos que ver con la perfección y más con la permanencia. No consiste en no equivocarse nunca, sino en seguir amando, cuidando y honrando aun cuando aparecen las diferencias, las heridas o los momentos difíciles.
La lealtad rara vez se manifiesta en grandes actos heroicos. Con frecuencia toma la forma de pequeños gestos cotidianos que pasan inadvertidos, pero que sostienen y fortalecen los vínculos: estar presentes, escuchar, acompañar, sostener, guardar silencio cuando podríamos herir o cuidar la dignidad de alguien cuando no está presente para defenderse. Por eso resulta tan conmovedora la decisión de Rut cuando le dice a Noemí: “Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios”. Nadie la obligaba a quedarse. Podía regresar a su tierra y comenzar de nuevo. Sin embargo, eligió permanecer. Y esa elección nos recuerda que la verdadera lealtad nace del amor y no de la obligación.
Quizás la pregunta que solemos hacernos es qué obtenemos de nuestras relaciones. Pero la fidelidad nos invita a formular otra pregunta: ¿cómo puedo permanecer en amor dentro de este vínculo? Y permanecer no significa pensar siempre igual.
Muchas relaciones se rompen porque hemos aprendido a interpretar cualquier diferencia como una amenaza. Confundimos desacuerdo con traición. Sin embargo, las personas maduras descubren que es posible tener opiniones distintas, atravesar conflictos e incluso vivir tensiones sin que eso destruya el afecto.
La amistad entre David y Jonatán es un ejemplo extraordinario. Jonatán comprendía que David ocuparía un lugar que, desde una lógica humana, podría haber sido suyo. Sin embargo, no eligió competir. Eligió amar. La lealtad sana no necesita disminuir al otro para afirmarse.
Algo parecido ocurre en la iglesia. No todos tenemos la misma historia, el mismo carácter ni la misma manera de entender cada situación. La unidad cristiana nunca fue uniformidad. Es, más bien, la decisión de seguir caminando juntos aun cuando descubrimos nuestras diferencias.
Tal vez una de las características de nuestra época sea que hemos aprendido mucho sobre soltar y muy poco sobre permanecer. Hablamos con frecuencia de alejarnos, de cerrar etapas, de priorizarnos y de protegernos. Y aunque muchas de estas cosas pueden ser necesarias en determinadas circunstancias, rara vez hablamos de reparar, de sostener, de atravesar los conflictos o de permanecer en amor cuando la relación todavía merece ser cuidada.
Cuando hablamos de permanecer, no nos referimos a sostener cualquier situación a cualquier precio. Hay circunstancias que requieren distancia y protección. Tampoco estoy pensando aquí específicamente en los vínculos matrimoniales. Hablo de amistades, familias, comunidades de fe y de todos esos espacios donde aprendemos a cuidarnos unos a otros. La fidelidad de la que hablamos tiene que ver con la disposición a sostener los vínculos valiosos, especialmente en una cultura que suele enseñarnos más a abandonar que a reparar.
Y es precisamente allí donde aparece otra dimensión de la fidelidad: la gratitud.
Vivimos tiempos de velocidad emocional. Pasamos rápidamente de una experiencia a otra y, con frecuencia, olvidamos a quienes estuvieron presentes en momentos significativos de nuestra vida. Olvidamos quién nos acompañó, quién nos escuchó, quién oró por nosotros o quién permaneció cerca cuando atravesábamos una dificultad.
La gratitud tiene memoria. Nos ayuda a reconocer que no llegamos solos hasta aquí y que muchas personas fueron instrumentos de Dios para sostenernos en distintos momentos del camino. Por eso una persona agradecida difícilmente deseche sus vínculos con ligereza.
Tal vez esto nos ayude también a comprender mejor lo que significa “dar la vida por otros”. Quizás pensemos en esa expresión en términos heroicos, pero en la práctica cotidiana suele adquirir formas más simples. Dar la vida puede significar dar tiempo, paciencia, escucha, oración, cuidado o presencia. Es elegir quedarse cuando sería más cómodo alejarse.
Jesús mismo nos mostró ese camino. A lo largo de los Evangelios lo vemos permanecer fiel aun cuando fue malinterpretado, abandonado o negado por algunos de sus discípulos. Confrontó cuando fue necesario, pero nunca dejó de amar. Su fidelidad no dependía de la perfección de quienes lo rodeaban, sino de la profundidad de su amor.
Quizás por eso todos recordamos a alguien que se quedó cuando hubiera sido más fácil irse. Una persona cuya presencia nos sostuvo en medio de una crisis, una pérdida o un tiempo de incertidumbre. Y tal vez sea allí donde alcanzamos a comprender un poco mejor el corazón de Dios.
Después de todo, la fidelidad no es una virtud que inventamos nosotros. La descubrimos primero en Dios. A lo largo de toda la Escritura encontramos a un Dios que permanece fiel aun cuando su pueblo se aleja, duda o fracasa. Un Dios que sostiene sus promesas, que no abandona la obra de sus manos y que sigue llamando a sus hijos e hijas, una y otra vez.
Quizás por eso la fidelidad tiene tanta fuerza espiritual. Cada vez que elegimos cuidar, sostener, acompañar o permanecer en amor, reflejamos algo del carácter de Aquel que ha sido fiel con nosotros.
En una cultura que nos invita a irnos rápido, la fidelidad sigue siendo una de las formas más profundas de amar. Y quizás también una de las maneras más concretas de parecernos al Dios que nunca deja de permanecer a nuestro lado.