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Imago Dei

    Por Carolina García

    La idea que todo ser humano tiene dignidad inherente y por tanto, derechos que deben reconocerse y respetarse, parte de una idea teológica cristiana: que los seres humanos llevamos la imagen de Dios. Una lista larga de teólogos le llaman la doctrina de Imago Dei. Desde los padres de la Iglesia hasta las teólogas feministas y los teólogos de la liberación, todos han destacado de qué manera se expresa en los seres humanos esa Imago Dei.

    El corazón de esta idea parte de Génesis 1:26-27: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen conforme a nuestra semejanza; y tenga potestad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y las bestias, sobre toda la tierra y sobre todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”.

    En este momento, hablar de “lo humano” y apelar a su condición sigue siendo un desafío. Parece que tenemos que pedir permiso y abrir un paréntesis de fe en medio de un mundo que se cae, donde no importan los acuerdos, donde subsisten guerras, genocidios y se sigue vulnerando de muchas formas la vida de las personas. Con esto quiero decir que los consensos sobre los derechos humanos si bien son vigentes, no se aceptan ni validan por todos.

    En este escrito quisiera recordar algunos momentos en los que Jesús reconoció la dignidad de las personas en su diversidad y singular situación. Con la mirada atenta en la forma en que Jesús reconoce a las personas y con la atención puesta en la forma con la que cada una de ellas reconocen a Jesús, que brille la imagen de Dios al recordar estos encuentros:

    Jesús y los niños

    “Le presentaban niños para que los tocara, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo: –Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía.” Marcos 10: 13-16

    Jesús y una extranjera

    “Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. Entró en una casa, y no quería que nadie lo supiera; pero no pudo esconderse. Una mujer, cuya hija tenía un espíritu impuro, luego que oyó de él vino y se postro a sus pies. La mujer era griega, siro fenicia de origen, y le rogaba que echara fuera de su hija al demonio. Pero Jesús le dijo: –Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros.

    Respondió ella y le dijo:

    –Sí, Señor; pero aun los perros, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos.

    Entonces le dijo: – Por causa de esta palabra, vete; el demonio ha salido de tu hija. Cuando la mujer llegó a su casa, halló a la hija acostada en la cama, y que el demonio había salido de ella.

    Jesús y un excluido

    “Arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la ribera opuesta a Galilea. Al llegar él a tierra, vino a su encuentro un hombre de la ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; no vestía ropa ni habitaba en casa, sino en los sepulcros. Al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose a sus pies exclamó a gran voz: –¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes.

    (Jesús le ordenaba al espíritu impuro que saliera del hombre, pues hacía mucho tiempo que se había apoderado de él; y lo ataban con cadenas y grillos, pero, rompiendo las cadenas, era impelido por el demonio a los desiertos.).

    Jesús le preguntó: –¿Cómo te llamas?. Él dijo: –Legión.

    Muchos demonios habían entrado en él y le rogaban que no los mandara al abismo. Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte; y le regaron que los dejaron entrar en ellos. Él les dio permiso. Entonces los demonios salieron del hombre y entraron en los cerdos, y el hato se precipitó por el despeñadero al lago, y se ahogó.

    Los que apacentaban los cerdos, cuando vieron lo que había acontecido, huyeron y dieron aviso en la ciudad y por los campos. Y salieron a ver lo que había sucedido; vinieron a Jesús y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios sentados a los pies de Jesús, vestido y en su cabal juicio; y tuvieron miedo. Los que habían visto les contaron cómo había sido salvado el endemoniado. Entonces toda la multitud de la región alrededor de los gadarenos le rogó que se alejara de ellos, pues tenían gran temor. Entró, pues, Jesús en la barca y se fue. El hombre de quien habían salido los demonios le rogaba que lo dejara quedarse con él, pero Jesús lo despidió, diciendo:

    –Vuélvete a tu casa y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo. Él entonces, se fue, publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas había hecho Jesús con él. Lucas 8:22-39

    Después de leer estos tres pasajes, tomemos una pausa. En primer lugar, llama la atención la mirada de Jesús: no sólo ver seres inconclusos, pequeños, cuando mira a los niños; él los hace destacar como modelo de quienes pertenecen al Reino. Jesús no se quedó con la categoría de extranjera de la mujer siro fenicia, le reconoció su fe y la escuchó. Jesús no miró sólo un loco incontrolable que tenía que estar apartado de los demás, miró a la persona que sufría solo y atormentado para luego liberarlo a precio de chanchos, para estar sano, cuerdo y en su propio juicio.

    En los tres casos, Jesús mira amorosamente y esta misma mirada lleva a mostrar lo más brilloso que Dios puso en esas personas. Para Jesús no hay desperdicio de humanidad. Cada persona tiene la dignidad de haber sido creados a imagen y semejanza, con dignidad inherente que merece respeto. Y en sus pasos somos llamados a ir más allá del respeto y ser activos en la compasión. Jesús reconoció la fe de la mujer siro fenicia y sanó a su hija, Jesús no escatimó en perder una horda de chanchos, con todo el costo económico que implicaba, con tal de reivindicar a un solo hombre.

    En una época marcada por la falta de respeto básico a la dignidad humana, seguir los pasos de Jesús implica no sólo respetar y reconocer el valor de las personas (esa imagen de Dios que subsiste en todos y todas), sino dejar que el corazón se ensanche para ser prójimo y mostrar compasión de la manera más concreta y material posible. Lo decisivo, según Jesús en Mateo 25: 34-40 es contundente: frente a quien tuvo hambre, si dimos o no de comer; frente a quien tuvo sed, si dimos o no de beber; frente a quien fue extranjero, si acogimos o rechazamos; frente al desnudo, si vestimos o no; frente a quien estuvo enfermo o en la cárcel, si visitamos o abandonamos.