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Mirar a los ojos. Dar de lo que se tiene…

    Por Juan José Barreda Toscano

    Sobre Hechos 3:1-10

    Pareciera que fuera un tema paralelo a toda consideración ética: dar dinero. Y, en el contexto de la iglesia, diezmar y ofrendar. Me ha parecido valioso compartir estas ideas sueltas sobre un texto bíblico que me ha acompañado toda la vida cristiana: Hechos 3:6: «Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, mas lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda».

    La escena la imagino como muchas que viví en mi infancia en Lima, Perú, con tanta mendicidad alrededor. Como aquella que venimos viendo desde hace unos años en Buenos Aires. Dolorosa como se percibe en Nueva York, entre rascacielos de multimillonarios y tiendas de carísima vestimenta, o en un lugar de veraneo tan exclusivo como Los Cabos, en Baja California, México.

    El texto bíblico, sabio de tantas formas, no señala por qué se cree que esta persona llega a tal situación. ¿Por qué? Porque no importa para el caso. Porque no es de gente buena justificar la indiferencia echándole la culpa a la miseria del otro por sus supuestos errores y falencias. Pedro prefiere sufrir con el prójimo antes que adherirse al destrato. Elige correr el riesgo de ver al mirar, el riesgo de ser amigo, de hermanarse, y mira a los ojos a quien le estira la mano pidiendo, quizás con palabras o solamente con un gesto, una limosna.

    Este hombre se ha rendido a la sociedad de la que forma parte. ¿Y sus errores son acaso mayores que los de otros que en Jerusalén gozan de salud, riqueza y poder? No es él quien complotó para asesinar a Jesús. Y, sin embargo, quienes lo hicieron están allí, en el centro del templo, ministrando y ostentando el poder con todas las comodidades que tal sitial les brinda.

    Pero este hombre está sentado en el piso desde hace mucho. No faltan quienes se quejan de semejante «espectáculo», el de los mendigos que arruinan el paisaje de La Hermosa, aquella lujosa entrada del templo decorada de oro y plata. Este hombre, cuyo nombre ni siquiera conocemos, mendiga en un sistema social que no solo no lo deja ingresar, sino que quizás precisa de él como señal de pecado: como mal ejemplo, como advertencia de lo que significa no cumplir con la ley tal como sacerdotes y religiosos la interpretan.

    Pero el texto bíblico, sabio en tal profundidad, insisto, no dice nada de las causas que lo llevan a la mendicidad. Y tal silencio grita al lector prevenido, al corazón sensible que observa la vida, las posturas, los gestos. Reconoce que se trata de un ser humano sin buena movilidad desde su nacimiento, alguien marginado y humillado constantemente. Lo asemeja a millones que en nuestras sociedades viven de forma similar y que son usados como escarmiento, como objeto de burla y vergüenza, y aun de mediocridad y delincuencia. Recordemos la frase de Jesús: «Quien tiene oídos para oír, que oiga», o quizás: «Quien tiene ojos para ver, que vea».

    Pedro, pobre pescador él también, camina con Juan por los pasillos del templo en el que hace poco negó a su maestro. Ha sobrevivido a sus propias culpas entendiendo que la gracia divina nunca es un borrón y cuenta nueva, sino más bien un llamado al arrepentimiento, al cambio de visión de la vida y del accionar.

    No se ha permitido el lujo de tirarse en la cama del llanto eterno. Transita nuevamente ese lugar, corriendo los mismos riesgos que antes, pero no con la soberbia de la primera vez. Humilde, sigue a su maestro en la labor de amar dándose a los otros. Y, yendo hacia donde sabe que va, observa lo que muchos ignoran.

    No sin temor, y con atrevimiento, mira a la gente y se encuentra con este hombre que, unido a la pared como si fuese parte de ella, desaparecido, le estira la mano en señal de ayuda. Lo piensa. Lo siente. Le reconoce como ser humano. Discierne una historia, una vida. Váyase a saber si no se pone en su lugar: alguna marea brava en la que no pudo salir a pescar, alguna circunstancia en la que tuvo que rebajarse para conseguir un trabajito que le permitiera llevar comida a su familia. O, quizás, se identifica con él porque el apóstol también vive de las ofrendas de los demás.

    «Míranos».

    Entre tanto bullicio sus oídos pueden reconocer ese llamado, pero acaso es para una burla más, o el inicio de otra situación de abuso. Lo usual es recibir una moneda lanzada a la distancia: aquella que refleja el deseo de no tener contacto con él, de no contaminarse.

    «Míranos» —le dice por segunda vez Pedro con Juan—, y al alzar la cabeza descubre a unos hombres que se han detenido frente a él.

    «No tengo plata ni oro», le dice Pedro.

    ¿Es para eso que me habla? Pero lo ve. Y es que Pedro quiere humanizar el vínculo. Desea arrancarlo del muro que ya tiene sus huellas. Estos pescadores no se han disfrazado de pobres: lo son. No tienen dinero para ayudarlo, pero tienen el atrevimiento de probar algo diferente, algo que no va en contra de cualquier ayuda económica, pero sí quizás de la limosna.

    Al conectar con él, quieren expresar que lo reconocen como par, como ser humano. Le presentan también su realidad: «No tengo ni plata ni oro», y no por ello soy menos humano, ni menos digno de derechos, dignidad y respeto.

    «Mas lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda».

    Las multitudes se asombran. Quizás por la osadía de aquel pescador galileo de hacer un milagro en el templo de Jerusalén. Quizás porque nunca habían visto algo semejante en el nombre de alguien a quien acababan de tildar de hereje y farsante. Otros, posiblemente, porque reconocían a este hombre que había estado frente a ellos durante tanto tiempo y comprendían, de pronto, que todo lo que habían hecho por él había sido tirarle unas monedas, un pedazo de pan, una prenda que ya no usaban.

    Limosnas.

    Pedro, en cambio, primero lo mira. Le habla. Lo reconoce. Y después le da de lo que tiene.

    Quizás allí esté también una clave para nosotros. Dar no siempre comienza con poner algo en la mano del otro. A veces comienza con levantar los ojos, detenerse, mirar a los ojos y reconocer que quien pide no es un problema, una amenaza, un espectáculo ni una carga.

    Es un ser humano.

    Y quizás recién entonces podamos descubrir qué tenemos realmente para dar.