Por Carolina García-Cejudo
En el mundo convulso en el que vivimos, hay también un hervidero de preguntas e inquietudes. Preguntas que pueden ser desde la incertidumbre de quien no vive la fe o desde la incertidumbre que también aparece para quienes creemos en Jesús. Y ante esas preguntas, muchas veces la misma ilusión de cazar respuestas puede ser más doloroso que los eventos mismos que nos afligen. No estamos exentos de dejar por ahí frases como: ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué a mí? ¿Cuál es la voluntad de Dios en todo esto? ¿Para qué?
No quisiera ahondar en situaciones concretas. Me parece que podemos darlas por aludidas para esa marea de pensamientos con signos de interrogación. Quisiera antes bien, compartir algunas reflexiones que he traído últimamente. Lo primero es que estamos lejos de tener respuestas tal y como las pedimos. Lo más seguro es que nuestras preguntas deban reformularse una y otra vez. Es ilustrativo, por ejemplo, el caso de Job, inmerso en el denso drama y la aflicción sin par que tuvo, rogó a Dios por respuestas. ¿Y qué pasó? Dios le habló. ¡Pero de otra cosa!
En segundo lugar, sea por una circunstancia u otra, en cualquiera de nuestros trayectos vamos a lidiar con el amplio campo del misterio. Si bien es válido plantearle las preguntas o sentires que tengamos a Dios, por acto mismo de honestidad, como lo hicieron los salmistas, mejor asumamos que no todo vamos a entender ni a armar como un rompecabezas. Ahí la oportunidad, la brecha de sentido para que simplemente tengamos fe y acojamos también la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento.
Haciendo un poco de autorreferencia, quisiera compartir que de los días anteriores que estuve hospitalizada, no tengo respuestas a muchas preguntas. Incluso sentí que yo misma, mi cuerpo, era como una caja negra donde no podía saber qué pasaba. Poco entendí lo que hicieron en mí los cirujanos y menos entendí qué pasó después en mi cuerpo. Del por qué y para qué de esta circunstancia ni me desgasté en reclamar o preguntar. Me concentré una sola cosa: dar gracias.
Me encontré agradeciendo por el acceso a la salud, por la amabilidad del médico, por abrir los ojos cuando desperté de la anestesia, por las personas que acompañaron, por mi familia que cuidó y hasta por las gotas fluyendo del líquido que me conducían a las venas. Dije gracias en su momento por poder levantarme y dar tres pasos para ir al baño. Agradecí cuando me llegó un primer bocado sólido, cuando me acercaba más y más a un cotidiano fuera del hospital. No es que todo haya salido bien como para decir que esto me aseguró “éxito”. Ni tampoco se acerca a esa práctica de decretar lo que uno imagina o quiere que sea ante Dios. Nada más lejos que eso sino, observar con atención lo que hay, lo que ya es en el momento y enunciar la “gracia”.
Curiosamente, el acto de agradecer está recomendado por todas partes: se encuentra como práctica espiritual en diferentes místicas y en las prácticas de autocuidado, que tanto abundan. En ese ejercicio de detallar la gratitud, nuestra mente, emociones y cuerpo cambian. Mueve del temor a la confianza. La calma y el enfoque que desarrolla se siente incluso en el cuerpo.
Lo hermoso es que no es algo individual: al momento de reconocer el “hasta aquí”, con sensación que es suficiente, como para agradecer, nos vincula con humildad hacia los demás. Se hace constar en la oración que somos interdependientes, que no podemos andar por ahí completamente solos: nos necesitamos, partimos de reconocer vulnerabilidad.
Pablo escribió: “Den gracias en toda situación; porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús” (1Tes 5:18). Pero hay muchas menciones más al agradecimiento como práctica base de nuestra vida espiritual. Entre cualquier tipo de circunstancia, si hay algo cierto que sabemos es que agradecer es su voluntad y hace bien.
Hay una imagen sobre la gratitud que nos remite al juego, la infancia, el recreo: un tobogán. Acá lo interesante de la imagen del tobogán es que una vez que te decides lanzarte, la gravedad hace lo suyo hasta el final.
Quisiera pensar que en la gratitud a Dios, al ser algo que le agrada, por principio espiritual, se nos conduce también hasta el final de un proceso iniciado desde la bondad de Dios:
“oh cielo azul de una mañana de verano
que me hace caer por un tobogán de gratitud
colina abajo”
Mary Oliver
Subamos al tobogán de la gratitud cada día, en cada circunstancia. Tenemos la invitación a probar lo Bueno que es Dios, siempre.